Bienvenidos a mi irrealidad

Y mi regalo de reyes…

In Castellano, Novela on enero 6, 2012 at 8:08 am

Porque sí, porque la historia de Adriana tiene una segunda y una tercera parte. Este es mi regalo de reyes para todos vosotros… un regalo con fecha de caducidad, como suele ocurrir, porque este post solo será público hoy… pero más vale eso que nada, ¿verdad?

Os dejo, pues, con el primer capítulo de la segunda parte de “Los Ángeles no deberían pecar”

Espero que os guste…

 

… bueno, se acabó el plazo de lectura :) pero pronto Adriana volverá a volar en vuestras pantallas o en vuestras páginas… 

¡gracias a todos!

Su destino…

In Castellano, Publicado, Relatos on enero 1, 2012 at 10:04 am

Desde “No Deberían Pecar” os deseo a todos, fieles y no tan fieles (^^), un Feliz 2012… para celebrar ese nuevo año, ¿qué mejor que la quinta y última parte de El Tesoro de Adriana?

Ya hemos llegado al final de este camino… pero sigo construyendo otros.

El Tesoro de Adriana (parte V)

Un silencio espeso y triste cruzó el tiempo y el jardín. No había respuesta válida.

- ¿Quién hay allí arriba, Audrey? ¿Está Mauricia allí? ¿Nana?

- ¿Cómo recuerdas…?

Román se levantó violentamente. De un rápido gesto arrebató la joya de las manos de Adriana y la lanzó más allá de los límites de su propiedad.

- No quiero que jamás vuelvas a coger algo parecido, ¿me oyes?

Adriana asintió al tiempo que las lágrimas se apoderaron dramáticamente de sus ojos. Carlota ya corría hacia la casa y Audrey buscaba con la mirada el punto en el que debía haber caído la joya.

- Escúchame Audrey, sé que seguirás aquí, con nosotros, sé que ellas estarán cerca, pero déjame asegurarte que no voy a permitir que le volváis a hacer daño a Adriana… no quiero ver de nuevo esa maldita pirámide cerca, no quiero que, ni por asomo, tú o tus hermanas os quedéis a solas con ella… la voy a proteger personalmente.

Miró a la pequeña, que se había quedado sentada sobre el césped y que sollozaba mientras se secaba las lágrimas, y acarició sus mejillas con una infinita dulzura.

- No me voy a separar jamás de ella. No dejaré que la obliguéis a vivir un destino que tan sólo podría herirla…

Audrey se atragantó. Quiso responder pero ninguna palabra llegó a su mente. No había nada que decir, no había nada que hacer, se incorporó en silencio y, sin mediar palabra, volvió a entrar en la cocina. Sus pensamientos se arremolinaban contra su pasado y oscurecían tanto su presente como el futuro, fuese cual fuese el que le estuviese destinado. Sabía que nada podía interponerse en el de Adriana, y durante unos segundos lamentó profundamente formar parte de él.

En el jardín, Román cogió en brazos a la niña, la sostuvo unos segundos, acarició su rostro y esperó a que dejasen de caer las lágrimas para pedirle perdón.

- Te compraré una joya más bonita… la que tú quieras.

- ¿La que yo quiera?

La mirada de Adriana volvió a iluminarse con la belleza de la inocencia.

- La que tú quieras. Te lo prometo.

La pequeña abrazó con fuerza al padre de su amiga. Apenas había lugar en su mente para aquella joya que había encontrado en lo alto de la torreta. Otra ilusión ocupaba ese espacio, una ilusión en forma de una promesa, de un regalo, que ya se había permitido imaginar.

Más allá de los muros de la casa, una mujer acababa de encontrar la pirámide. La cogió con sumo cariño, la limpio delicadamente, la envolvió en un paño rojizo de seda y la guardó en su bolso. Suspiró.

El destino de Adriana la acabaría encontrando tarde o temprano.

Román…

In Castellano, Publicado, Relatos on diciembre 30, 2011 at 10:01 am

Llega la cuarta parte del relato… y vuelve Román. Él siempre vuelve.

¿Más? El año que viene, sin duda alguna…

El Tesoro de Adriana (parte IV)

- ¿Dónde vas tan rápida?

Adriana sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Acababan de descubrirla. La mano de Román había agarrado su brazo izquierdo y la había frenado en seco. Su voz, la del padre de Carlota, era dulce y parecía comprensiva, pero sabía que también podía ser severo y seco cuando su amiga hacía algo mal.

De repente pensó en Audrey. La buscó con la mirada pero la encontró arrodillada junto a Carlota. Sus ojos habían vuelto a perder toda su expresividad y un basto silencio se había apoderado de su voz.

- ¿Qué está pasando, pequeña?

Las pupilas de Román se clavaron en la inocente mirada de Adriana al arrodillarse a su lado. Sonreía, pero aquella no era la sonrisa cariñosa que tantas veces le había dedicado, aquella sonrisa que con tanta envidia y celos acogía Carlota.

- ¿Qué escondes?

Adriana suspiró. Buscó a Carlota, pero su amiga se había escondido detrás de Audrey y sollozaba ya sin ningún reparo. Preveía un castigo. Preveía un sermón. Se iban a acabar los juegos con ella por todo lo que quedaba de verano.

- Es una cosa mía…

- ¿Tuya?… bien… ¿entonces por qué no me lo enseñas?

La niña esbozó la mejor de sus sonrisas mientras abría la mano y ensayaba una mirada de inocencia que pudiese enternecer el corazón del padre de Carlota. Sin embargo, Román palideció ante la visión que acababa de apoderarse de su alma.

- ¡Dios!… ¿De dónde lo has sacado?

El hombre miró alrededor. Audrey agachó la cabeza y Carlota estalló en un sonoro llanto. Suspiró profundamente. Aquello no estaba bien, nada bien, Adriana jamás debería haber encontrado aquella pieza, pero lo peor era saber que, de alguna forma, había estado esperando siempre aquel momento. Levantó su mirada. Contempló la torreta que se erguía sobre sus cabezas y lo comprendió todo.

- ¿Cuándo habéis subido?

- Hace un momento…

La voz de Adriana pendía de un hilo.

- ¿Sabías algo?

La mirada de Román se dirigió hacia Audrey, que apenas era capaz de fijar sus ojos en los del hombre.

- Lo acabo de descubrir.

- ¿Tenéis algo que ver, tú o tus hermanas?

Audrey tragó saliva.

- ¿Mis hermanas?

- ¡Audrey!

- No… que yo sepa no. Nada.

- ¿Me podrás explicar cómo demonios ha llegado esto a mi casa?