El tren del amor ^^

Hoy os traigo el relato finalista del concurso que anualmente organiza Transports Metropolitans de Barcelona, TMB, para la festividad de Sant Jordi. The Love Train es una historia algo particular… tal vez fue eso lo que les llamó la atención… I don’t know… 🙂

The Love Train

Mitjanit, potser una mica abans,en realitat l’hora exacta importa molt, però per alguna raó encara no s’ha mirat el rellotge. Qui ha de trobar du una americana de color blau marí i, això li ha dit, pantalons blancs amb esportives platejades i samarreta groga. El busca en el vagó que han acordat de la línia que va pintada en vermell. Somriu a un ancià que se’l mira de dalt a baix d’una revolada tan ràpida que, amb prou esforç, aconsegueix deixar entreveure el disgust que s’ha dibuixat en els seus ulls. Un més, pensa, mentre s’entrebanca tot just al davant de la porta d’aquell comboi.
Poc més enllà, perfectament ajustat en la seva americana de color blau marí que vesteix sobre una samarreta groga i pantalons blancs, l’altre meitat d’aquella parella que avui es descobrirà per primera vegada s’adona que té un lleuger tremolor en la cama dreta. Respira profundament i busca una samarreta rosa i un pentinat en forma de cresta que el guiaran, amb tota seguretat, cap a una nit intensa com poques.
Quan finalment les dues mirades es troben aquell curt espai que els separa es fa un segon sostingut en el temps. Se somriuen, s’abracen i es besen posseïts per una passió juvenil que no sembla tenir fi. El vagó solitari que els acull els balanceja amablement endavant i enrere, ells s’acaronen i s’agafen de les natges com volent evitar que l’un se separi de l’altre. L’alè que comparteixen té un regust dolç mesclat amb menta. El de l’americana blau marí se separa un segon.
– Ets molt més atractiu en persona.
I el torna a besar, però és un petó curt. El tren s’atura. Hi entren dos nous viatgers. Ells se separen bruscament. Un fa veure que s’arregla el tupè mirant-se en el reflex de la finestra, l’altre dissimula i agafa un diari que algú havia abandonat en el vagó mentre mastega quelcom. Unes poques aturades més i s’acaba el viatge. Dels dos nous joves que han entrat en el vagó, un du una americana fosca, es podria dir que de color blau marí, polo groc i pantalons blancs. L’altre, que l’agafa de la ma, porta una camisa rosa i llueix un pentinat mohicà que s’enduria qualsevol mirada en un dia en hora punta. Quan s’adonen de la coincidència es miren els uns als altres.
– No seràs tu qui…?
Tant se val, impossible de saber. El tren es torna a aturar. Entren dos nous viatgers. El primer en fer-ho vesteix un abric d’estiu, blau marí, que perfectament podria semblar una americana per damunt d’una camisa groga, shorts blancs i sabates platejades, el segon es pentina amb clenxa, però s’aixeca el serrell amunt com si volgués desafiar la llei de la gravetat, i duu un immaculat suèter de color rosa.
Tres parelles que es miren i intenten descobrir-se. Uns encara dissimulen, d’altres s’acaben de cordar el darrer botó d’uns pantalons que van intentar caure massa aviat. A la quarta aturada del metro les portes es tornen a obrir i entra, és clar, la quarta parella, són dues noies, la primera duu una camisa blau marí oberta, amb un top de color groc, i falda blanca, la segona es pentina amb un gran monyo al damunt del cap i un vestit rosat que cau impacient des de les espatlles fins als genolls.
– No seràs tu qui…?
Els vuit es queden aturats. Una sotragada del vagó els empeny i els fa caure, es barregen i es perden. Se’n va la llum un segon, la foscor del túnel els atrapa i arriben a una nova estació que és el final de trajecte. Ell, el primer obre els ulls, la seva samarreta de color rosa és bruta de pols després de rebregar-la contra el vagó. Està sol. Al seu costat aquell ancià, amb un tens posat de preocupació, el mira intranquil.
– Estàs be?
Ell busca amb la mirada mentre s’arregla la cresta. Poc més enllà un jove amb l’americana de color blau marí i una mirada de disgust en la cara prem, nerviós, el botó d’obertura de portes.

Para inaugurar el blog… uno de los primeros

Millones, mujeres y marcianos

Dice que se siente feliz. Y lo dice con una sonrisa en los labios como si se riese de mí, como si se mofase de mis preocupaciones. Me mira fijamente. Seguramente divertido por mi asustada cara de sorpresa. Es un loco, llamémosle así, que me acaba de parar en medio de la calle y, sin razón aparente, me ha expresado su absurda felicidad. “¿Y qué? ¡Felicidades!”. Nunca mejor dicho. Será que no tengo yo suficiente trabajo, ya, como para irme preocupando por ridículos personajes, como éste, que me asaltan por la calle mostrando grandes sonrisas sucias. Sucias y vacías. Feliz dice, creo que se me escapará una carcajada. Reniego de él e intento continuar mi camino pero me lo impide y vuelve a decirme que se siente feliz, muy feliz. Yo le miro, le miro y pienso que mientras él es tan feliz yo estoy perdiendo un tiempo vital. Un tiempo robado por este extraño y ufano hombrecito de mirada perdida.

Dice que le tengo que escuchar y que no me dejará marchar hasta que no lo haga, hasta que no le preste la atención que según él se merece. Me señala uno de los bancos, uno de los tristes y solitarios bancos del parque que hay atravesando la carretera. Yo hago un claro e inconfundible movimiento de negación con la cabeza, de negación y a la vez de desesperación. Una desesperación que aumenta aún más cuando él me vuelve a cerrar el paso y me pide, no, no me lo pide, de hecho me lo implora, que le escuche. Y, no sé por qué razón, no me puedo negar. Me siento con él en el parque y suspiro. Creo que hacía años que no me detenía para ver mi vida, o cualquier otra, sentado en este rincón del mundo.

Dice que es muy feliz, pero no tanto como quisiera. Yo le observo extrañado pensando que, sin lugar a dudas, aquel gracioso y cándido hombre tendría que estar en un psiquiátrico. Su mirada tiene una intensidad enfermiza, demasiado, casi es hiriente. Y lo peor es que sigue hablando, y no calla. No lo hace ni para tomar aire, que ya es difícil. De vez en cuando deja ir alguna inconexa pregunta que respondo con un simple movimiento de cabeza. Y continúa. Sus grotescas disertaciones son interesantes, tal vez más que lo que iba a hacer. Porque, ¿de verdad era tan importante lo que debía hacer?

Dice que le tendría que prestar más atención, sé que lo dice pero ya no le escucho. Alguna parte de mí me sigue recordándome que debo comprar algo, un noséqué de color nosécual, que ya no sé si era demasiado interesante pero sí necesario, cuando menos para ella. Y ya deben de estar en un tris de cerrar la tienda. Y, lo que es peor, este hombre acaba de empezar y no parece que quiera parar. Además, por sí aún no fuera bastante, no sé como interrumpirlo para explicarle que si no compro aquel maldito noséqué dormiré en el secular y tronado sofá de casa. Lo cierto es que le tengo cierta manía a aquel sofá, tanta como se la comienzo a tener a este pequeño hombre, a este absurdo y loco predicador.

Dice que es millonario. Sí. Lo dice y se queda estupefacto ante mi reacción. Por otra parte no sé qué se esperaba. La única cosa que podía hacer ante aquella afirmación era soltar la sincerísima carcajada que no he podido contener ¿qué si no? Me sorprende que su mente pueda divagar a esta enfermiza velocidad, desconectar de la realidad y olvidarla sin más. A veces las personas lo consiguen, repentinamente pierden el norte y olvidan la única certeza que los mantiene cerca de la vida de carne y huesos. No sé cuál era su certeza, pero sí sé que ya no existe. Así que me pregunto qué hago escuchando a un pobre enfermo cuando en casa me espera la madre de las discusiones porque hoy tampoco habré comprado aquel endemoniado noséqué que ella asegura que tiene encargado desde hace más de tres semanas. Tal vez quién necesitaría intervención psiquiátrica sea yo, porque no debe ser demasiado normal estar tirando absurdamente mi tiempo al lado de un pobre bufón como éste. No, no lo es, lo sé. Y, quizás por esta razón, ya no haya suspiros que escondan mi preocupación.

Dice que su mujer lo abandonó y que se ha llevado a sus hijos. Yo no sé si delira o sólo me explica un cuento para no dormir. Cierto que el giro dramático, relleno de lloros y corazones rotos, que ha tomado repentinamente su historia me ha dejado bien sorprendido. Vete a saber, tal vez era ésta su certeza, tal vez era éste su punto de contacto con aquella realidad que abandonó y que nunca jamás volverá a su mente, a su mirada.

Dice que la vida ha sido justa con él. Justa, dice. Que la vida es justa y que es feliz, añade. Si es feliz y la vida es justa, si su vida es realmente justa y él es realmente feliz, ¿qué hay en su mirada que no soy capaz de describir?, ¿por qué sé que no existe ningún tipo de esperanza en él?. De alguna forma, intuyo que toda huyó el mismo día en que sus pies dejaron de caminar por tierra firme, y ya sólo quedó el vacío de la locura esperando ser descubierta por unos ojos expertos. Me explicaron que la felicidad es un estado mental, una serie de reacciones químicas, como el amor, que de alguna forma nacen en nosotros y se van expandiendo más allá de quién somos hasta regalarnos las mejores sonrisas o las más tristes lágrimas. Tengo la sensación de que este pobre duende ya no sabe qué es qué. Y, sencillamente, sonríe vacío, con una oscuridad implacable en su corazón.

Dice que una noche lo visitaron cierto tipo de hombres en su propia casa. La palabra tipo me hace sospechar pero, por supuesto, es un enfermo mentaI que también debe creer en marcianos verdes dispuestos a hacerle mil pruebas, con algo de suerte incluso me mostrará un ingenio hecho con papel de aluminio para evitar que le lean la mente. Ah sí, hasta ahora su historia era absurdamente ilógica pero en cierto modo plausible. Hasta ahora. Me pregunto por qué no se dedica a escribir historias. No le faltaría imaginación, y sería una forma de dar vida a su enfermedad, pasar sus horas sentado escribiendo todo aquello que le dicta su voz.

Dice que quiere explicarme las mil y una pruebas que le hicieron aquellos hombres. Pienso en médicos por más que su voz enloquecida parezca querer hablar de otros seres. Pienso en batas blancas allí donde el acre sonido de sus palabras parece querer viajar a naves plateadas. Y no se complica con las cuestiones más escatológicas, él lo cuenta todo. Tal vez por ello mi débil estómago se revuelve. No es que no esté acostumbrado a escuchar este tipo de relatos, sólo  es preciso ver de vez en cuando la televisión. El problema es que la demencia de mi duendecillo particular se ha convertido de repente en una descarada y desinhibida perversión. Y mientras escucho, y sufro, aquel extraño y estremecedor relato, me doy cuenta de que, definitivamente, hoy me tocará dormir en el sofá.

Dice que desde entonces no ha vuelto a ser nunca el mismo. Yo no sé si me puedo siquiera imaginar cómo sería antes. Y cambia de registro literario. Miro mi reloj, las nueve menos cuarto, hace más de treinta sufridos minutos que estoy escuchando a este viejo conocido. Viejo conocido porque curiosamente ya tengo esta percepción, y tal vez por ello no sé cómo decirle que me deje huir de aquel rincón, agradable rincón por otra parte, donde me ha recluido. De hecho, ni tan sólo sé si quiero pedírselo. Sobre mi cabeza sobrevuela un avión. De alguna forma yo mismo estoy volando lejos de mi realidad, lejos del tiempo, lejos de este espacio absurdo, lejos de la cara que hará ella cuando llegue y vea que no llevo con migo su encargo, lejos de la incomodidad de aquel viejo sofá de mi más viejo y triste, aún, comedor. Y él sigue hablando. Me pregunto si se da cuenta de estos momentos en que dejo de escucharle, en los que viajo libre. Y si se da cuenta, ¿por qué no calla y me deja ir? ¿Y si no se da cuenta? ¡Dios mío! Si no lo hace me puedo pasar aquí horas y horas escuchando las retorcidas historias que nacen en la mente de este pobre hombre.

Dice que después del padecimiento al que le sometieron aquellos hombres, creo descubrir que, de alguna manera, vuelve a viajar por el espacio a bordo de una reluciente nave interestelar, tuvo un terrible accidente con el coche, y que en aquel trágico accidente murió su mujer. No lo tendría que hacer, lo sé, no debería corregirle, pero de alguna forma no lo puedo evitar y le explico que su mujer había marchado con sus hijos. Y sonrío. No hay nada de malo en dedicarle una tímida sonrisa a un enfermo mental. Pero él me mira amenazadoramente, con una pose seria y amenazadora. Me asegura que se refería a su segunda mujer. ¿Su segunda mujer? Ah vale, si es así… Me pide que no le interrumpa de nuevo. No hombre, no, lo prometo. Es más, lo borraré de mi mente, simularé que no existe su voz, ni ninguna otra, tan solo este silencio que sé que hay en alguna parte de mí. Cierro los ojos, con fuerza, los cierro y los aprieto contra mí mismo y contra la vida que hay más allá. Pero él sigue hablando, y puedo jurar que escucho cada una de sus palabras como un cuchillo que hiere mi mente. Así que miro al cielo, ya es oscuro. Esta noche se divisan muchas estrellas.

Dice que en el accidente pinchó una rueda y se estampó contra un camión que, ¡vaya!, circulaba por el carril contrario. Me cuenta que, milagrosamente, él sobrevivió. No calla. Jamás lo hace. Si hay un Dios, si existe, ¿por qué no me rescata de este padecimiento y me lleva a algún lugar donde no tenga que seguir sufriendo? No me puedo levantar, no lo quiero hacer, y tampoco puedo desconectar del todo. No me siento capaz. Él me atrapa, por más que no quiera reconocerlo. Me atrapa y me derrota con cada palabra.

Dice que desde aquel accidente su vida ha dado un vuelco radical. Tengo la sensación de que es lo mismo que le ha pasado a la mía desde que le he conocido. Esta noche no me dejará ni cenar. Pero él sigue con sus historias. Es feliz, sí, eso siempre, pero sus padres lo maltrataron de pequeño. Es feliz pero no es capaz de recordar una sola sonrisa en su infancia, de hecho no recuerda ninguna en años. Pero sí, es feliz. Y me muestra su triste rostro mientras me asegura que cada marca que hay dibujada en él no es, sino, una demostración de cuán feliz le ha hecho la vida. ¿Lo ves? me pregunta. Y yo sonrío, hago una extraña mueca que sé que no podrá interpretar, porque ni yo mismo la entiendo. Después, sin aviso previo, sin darme tiempo a prepararme, me explica como fue la segunda vez que le visitaron sus hombres, que siguen pareciendo de más allá de su mundo, ¿pero de qué mundo? ¿En qué mundo vive él? ¿Y en qué mundo vivo yo? Porque de alguna forma lo compartimos, él está aquí, y yo a su lado, y le escucho, y me mira  a los ojos, y sé que yo me veo en los suyos. Si él está loco, yo también… ¿yo también?

Dice que a raíz de las pruebas a qué ha sido sometido, su relación con las mujeres no ha vuelto nunca jamás a ser la misma. Empiezo a pensar que el hombre sí es feliz, y lo sé porque ciertamente ignora la realidad. Le miro, porque no puedo hacer nada mejor, con cara de compasión, una sincera y profunda compasión que se convierte en otro dibujo en forma de sonrisa triste. Él se da cuenta del significado de este gesto, y me dice que es verdad. Está claro que es verdad. Yo ya no lo dudo. 

Dice que una noche se despertó durmiendo en la calle, que no sabe como abandonó su lujosa cama, pero que de repente se encontró lastimosamente solo. Nunca será un buen momento para que marche. Lo sé. Él me explica que ahora no sabe volver a casa, que está perdido. Sí que lo está, muy perdido, sí. De hecho, estoy seguro de que ahora mismo le deben de estar buscando los de la clínica psiquiátrica donde debe estar internado. Lo miro una vez más. Tiene una lágrima en los ojos Tal vez sólo sea porque le ha entrado un poco de polvo, pero hay más, hay este vacío tan hiriente que se ha apoderado de mí, y que forma parte de su espíritu. Por delante de nosotros pasa una pareja joven, enamorada, que sonríen al verlo y me miran con cara extrañada. ¿Qué pinta debo hacer yo? ¿Y cuál él? Él, el hombre al que nada le importa, el hombre que sigue hablando mientras yo hago lo posible por no atender las raras locuras que salen de su mente.

Dice que pese a todo es feliz. Lo es porque conserva la vida y eso le hace sentirse lleno de luz. Porque ha pensado en la muerte y no sabe cómo será, si oscura y fría, o caliente y luminosa. No quiere creer en la reencarnación, porque cree que ya ha sido suficientemente feliz en esta vida. Quiero levantarme, pero sigo sentado. El aire me pesa en el pecho y el corazón se me aturulla. Pienso en ella y sé que esta noche ni tan solo me abrirá la puerta. ¿Qué más me tiene que explicar?, ¿qué más me tiene que decir? La luna brilla en el cielo, y siento que el mundo es sensiblemente más pequeño, que nos rodea de un silencio extraño. Como si nada más existiese. Me doy cuenta en las miradas de las personas que nos rodean, me doy cuenta en las palabras de los que nos miran, todos sorprendidos, todos observándonos como si más allá de este banco que ocupamos haya un mundo extraño. De repente, él me mira. El gesto de su cara cambia súbitamente, y puedo sentir su tristeza clavada en mis ojos. Su decepción, dolorosa decepción, se hace eterna en el largo silencio que me dedica. Y se levanta.

Dice que no le escucho y que se siente ofendido. Que se va y que no me piensa explicar el final. Yo le miro sorprendido. Todas las personas que nos rodean nos miran descorazonados. ¿Ahora? ¿Ahora que ya no puedo hacer nada más que escucharlo? Me lanzaría encima suyo, y le pediría que acabase de decirme por qué es tan feliz, por qué sé que lo es, y yo no, ¿por qué él sí y yo no? Y cuando me decido a exigirle una respuesta lo busco y no lo encuentro, ya no está, sencillamente no está, ni él ni su voz, nada, tan solo la mano de una mujer, rubia, sonriente, agradable, que, dulcemente, me mira y me pregunta si estoy bien. Y yo sé que no. Que no estoy bien. Porque ya no dice nada. Porque ya no digo nada.

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