Lejos… pero cerca

… cosas que me gustan (II), cómo en el post anterior, un Picasso siempre arranca una historia que quiera ser escrita…

Así nació…

Lluny d’Ella

La darrera vegada que la va mirar ella tenia una mirada estranya, una ombra que s’arrelava en l’esguard de la seva nineta, com si endevinés que aquella abraçada que s’acabava de desfer havia de ser única, especial i irrepetible. L’instant posterior, efímer en el temps, va dibuixar un gest capriciós en son vell rostre que la mare, de seguida, va convertir en un posat d’orgull desviant enllà els seus ulls. Trist, el fill va decidir conservar en la seva memòria, impresa amb un detall quasi malaltís, la forma d’aquell dolç perfil que tantes vegades havia observat, els cabells negres que semblaven voler rivalitzar amb una nit que ja es feia ben fosca a l’altre cantó de la finestra i la seva amable rotunditat. Sabia que l’arribaria a enyorar i que ella mai ompliria aquell costat del sofà on ell s’asseia cada vesprada i l’abraçava amb la fermesa i l’amor que només un fill podia regalar-li. Sí, ho sabia, com sabia que aquell gest indiferent i dispers era tan sols una cuirassa per no mostrar la tristesa que la consumia.

Aquella mateixa vesprada la vella tartana del pare el va dur fins el monestir. La vocació li havia arribat sobtadament, passejant una tarda a la vora del mar de Calella. Era un nen. Des de llavors sempre havia sabut que arribaria aquell instant, com si fos un destí ja escrit.

En creuar les portes de Montserrat li va semblar percebre en la pell de la seva galta el darrer petó.

Va estremir-se un segon i després va sospirar feliç. La mare seguia allà.

El abrazo…

Cosas que me gustan (I)… escribir inspirándome en cuadros, como este Picasso, aprovechando un concurso organizado por el Museo Picasso de Barcelona ^^

Cossos

És un calfred. Ella el sent naixent del ventre, en ell es concentra en l’estómac i no el deixa ni respirar. Però tant li fa, el gaudeix, gaudeixen aquell calfred, aquella emoció intensa i sublim que s’expandeix primer, es fa petita després, i torna a créixer mentre l’un fa més estreta aquella abraçada que els uneix i l’altre, ella, sospira profundament.

Enllà, en el món real, aquell que d’alguna forma els envolta encara que no se n’adonin, el temps s’esvaeix lentament. Res importa. Fa una petita eternitat, però avui ella ha tornat. Ha tornat i sap que és per sempre. Que no tornarà a marxar. Que aquell país quedarà molt lluny, que la feina que hi feia ja s’ha acabat, i es quedarà.

Així que ell la besa, no se separa ni un centímetre, i ella abandona la seva ànima emigrant i l’amaga en un passat que no voldria que hagués de tornar mai. Un mai que sap que no podrà ser definitiu.

Relatos en cadena

Hoy visita este espacio un pequeño, de hecho un micro, relato con el que me aventuré a participar en el concurso que organizan los amigos de Escuela de Escritores i la SerRelatos en Cadena.

El concurso es perversamente sencillo, al tiempo que resulta amablemente complicado, se trata de crear una historia, un personaje, un escenario y una acción en cien palabras, máximo. El concurso es semanal, y cada jueves se da a conocer un nuevo relato seleccionado que, al final, pasa a formar parte de la cadena de historias que dan sentido a la iniciativa. Una cadena que existe porque, siempre, la primera frase de cada micro-relato debe ser la misma con la que finaliza el anterior. Así, todas las historias tienen sentido… o algún nexo que las una.

De momento… mi única aportación fue esta… y me divertí creándola:

Frío pensamiento el que ha cruzado mi mente. Frío. Frágil. Tanto cómo esta capa de hielo que me mantiene en pie en medio del océano. No. No lo erraré.

– ¿Me has mirado?

Su sonrisa, cruel, hiere mis ojos.

– Llevo años haciéndolo.

Ella se acaricia aquella melena rubia que ha pervivido a las inclemencias del gélido clima. Mira al infinito. Suspira.

– Espero que te guste lo que ves…

– Me encanta.

Duele saber que es una respuesta triste. Ella se gira de espaldas, murmulla. Se aleja todo cuánto puede. Poco. No queda nadie más. Nos sentimos tan solos.

¿Volverán los relatos en cadena a “No Deberían Pecar”? Quizás, quizás, quizás… ^^

La primera “picada” de los Mosquitos

Tercera entrada para este pequeño blog que pretender recuperar instantes puntuales, momentos de inspiración que dieron lugar a alguna de mis creaciones literarias. Hoy os dejo con La madrugada de Luna, que abre el recopilatoria de relatos Mosquitos de Invierno, publicado en diciembre del año pasado con Ediciones Atlantis

Si os gusta ya sabéis… id encargando el libro 🙂

La madrugada de Luna

Luna estaba sentada en el alfeizar de su ventana. Quería volar. Nada deseaba con mayor intensidad que aquel viejo recuerdo que golpeaba en ocasiones su alma. Era una imagen oscura que acudía a su retina, se fijaba durante unos segundos y luego desaparecía lentamente dejando tras de sí un ligero halo de tristeza.

Quería volar. Era lo único que quería en aquel mundo. Lo que más anhelaba. Y aunque sabía que, de hacerlo, iba a abocarse al vacío, sus piernas y sus brazos le animaban a saltar, a lanzarse hacía aquel espacio oscuro que se ofrecía libremente bajo su mirada. Cuánto más lo contemplaba, más crecía aquella tentación en su interior. Se vio a sí misma reflejada en un claro de aquella brillante luna a la que le debía el nombre. Sonrió silenciosamente.

Valía la pena intentarlo. Valía la pena recuperar aquella bella sensación. Miró hacía atrás. Vio las dos camas perfectamente alineadas con la pared. Sus dos hijas dormían en un plácido silencio, ajenas al mundo real que se estaba decantando contra ellas. Y es que Luna seguía sentada en el alfeizar de su ventana. Pero su mente ya no estaba en ese rincón del mundo. Siquiera estaba con las pequeñas. Su mente había vuelto a aquel origen al que había renunciado. Volvía y lo visitaba una y otra vez, recordando las sensaciones que se habían hecho esquivas y huidizas durante tantos años pero que, súbitamente, habían vuelto a ocupar un lugar bien presente en su memoria.

Así que se puso de pie y miró al infinito.

Y no vio nada más que la misma oscuridad, el mismo vacío que la acompañó aquella madrugada en la que decidió dejarlo todo. Suspiró profundamente. Estiró sus brazos y los arqueó ligeramente hasta formar una cruz perfecta con su cuerpo.

Podía notar perfectamente el frío golpeando sus recuerdos, su memoria, su silencio. Y, aún así, podía sentir el cálido tacto del destino empujándola a hacerlo, a perder el miedo. A volar.

Porque Luna quería volar. Quería volver a hacerlo – ¡Dios! –. Ella sabía que no podía, ella sabía que no debía, pero también sabía que no lo había olvidado ¿Cómo iba a hacerlo? Era tan sencillo.

Levantó y separó ligeramente sus talones del suelo. Se quedó suspendida soportando todo el peso de su cuerpo sobre las yemas ensombrecidas de los dedos de sus pies. Ya no había vuelta atrás. Había tomado una decisión. Respiró silenciosamente, volvió a mirar al interior de aquella pequeña habitación una vez más, la última vez, para contemplar el dulce sueño de sus hijas. Una ligera sonrisa cruzó su rostro. Era una sonrisa de felicidad, pero era una sonrisa también de añoranza.

Lanzó aquel último beso tal cual se hubiera despedido de su único y gran amor. No tenía otra ocasión, era aquella noche o ninguna otra. Así que volvió a mirar al vacío. Su corazón latía con una intensidad que ni ella misma era capaz de conocer, o de reconocer. Nada, nada se podía comparar con la descarga de sentimientos y emociones que en aquel instante invadía todo su cuerpo y sus extremidades, aún paralizadas pero preparadas para volar.

Miró a su espalda. Allí de dónde antaño habían nacido sus dos preciosas y perfectas alas ahora tan sólo había un espacio yermo, vacío. Piel rosada sobre un músculo blando que a duras penas conseguía mantener en su lugar aquellos huesos que parecían querer huir de tan menudo cuerpo. Sabía que las iba a echar de menos.

Sin embargo cerró los ojos e intentó recuperar aquella hermosa sensación. La forma en que el viento acariciaba su rostro, la forma en que el sol doraba sus cabellos, la forma en que la vida transcurría dulcemente mientras ella surcaba su mundo. Un mundo que había descubierto y al que había renunciado, un mundo que sabía que no iba a volver. Ya nada iba a volver.

Sintió cómo su cuerpo se desplazaba lentamente hacia delante. La fuerza implacable del vacío la empujaba a recorrer, a una velocidad endiablada, aquel espacio tan corto de tiempo. Y sin embargo, todo se hizo eterno. Todo se hizo infinito. Volvía a sentir. Volvía a sentir. Tragó saliva, intentó respirar pero la presión lo hacía imposible, sonrío. O cómo mínimo, gesticulo buscando un pensamiento bello que la acompañase al final. El más bello de sus pensamientos, fuese cual fuese.

Y entonces acudió a su mente.

Y fue entonces cuando se dio cuenta.

Las alas habían desaparecido porque el tiempo se las había llevado. Su piel se conservaba tersa justo allí dónde, tan sólo unos años atrás, su mundo había adquirido sentido, un sentido que ya no existía.

Se giró y se volvió hacía la habitación. Se sentó de nuevo en el alfeizar de su ventana y sonrió. Escuchó el silencio de la vida.

No necesitaba un pensamiento bello.

Nada era más bello que lo que sus ojos contemplaban.