Un sobre dorado

Siempre se preguntó cómo sería aquello de morir, ver su propia muerte y después tenerlo que contar. Pero no era el caso. No iba a ser él quien lo contase, iba a ser yo. La vida es así, en ocasiones caprichosa y, por mucho que Álvaro, no se lo esperara aquel momento por más suyo que fuera había decidido apropiármelo yo.

Y es que todo había empezado esa misma mañana. La última. Aunque él, a esas horas aún no lo sabía. Era un primero de Abril, cómo podría haber sido en realidad cualquier otro día de cualquier otro mes. Se despertó, cansado cómo todas aquellas últimas mañanas, la imagen que le devolvía el espejo era triste, era el rostro de un hombre ojeroso, harto de aquella rutina mañanera que arrastraba día tras día.

– Álvaro, llegarás otra vez tarde… – su mujer, desde la cama siempre vigilaba que no se volviera a quedar dormido sentado en la taza del bidet.

Pero él no estaba siquiera escuchando a Luisa. Se había quedado en silencio contemplando dos cosas. Su rostro envejecido y aquel extraño sobre dorado que reposaba sobre el mármol blanco de la encimera.

– ¿¡Álvaro, me escuchas!?
– Me estoy vistiendo – ella le devolvió a la realidad.
– Creí que ya te habías dormido – ni tan sólo se esforzó en querer disimular un cierto tono irónico en su voz.
– ¿Has dejado tú este sobre en el lavabo? – Álvaro recuperó la iniciativa

Pudo escuchar una risa apagada filtrada desde más allá de la puerta antes de que su mujer contestase.

– El día que encuentres un sobre en el lavabo y que lo haya dejado yo, llevará dentro los papeles del divorcio…

Álvaro sonrió cínicamente.

– No sé qué estás esperando… – él se defendió, había aprendido a mostrar sus uñas, aunque se preocupó que su respuesta no fuera más que un murmullo porque, muy en el fondo, en realidad, temía perderla.

Álvaro abandonó aquella estúpida conversación enseguida y volvió a centrarse en ese extraño sobre. Estaba cerrado, de tamaño medio y aparentemente sin destinatario. Sus manos no pudieron contener el deseo de cogerlo, sopesarlo y mirarlo a contraluz hasta que Luisa entró. Ella se quedó un par de segundos inmóvil, contemplándolo, soltó un breve resoplido que su marido comprendió al instante. Devolvió el sobre a la encimera, se limpió los dientes, la cara, se peinó y se vistió con su traje de trabajo. Casi sin darse cuenta había desayunado y besado a sus hijos cuando ya estaba al volante de su viejo utilitario japonés camino de la oficina inmobiliaria.

Nada más llegar al trabajo se sorprendió al encontrar delante de su ordenador el mismo sobre dorado. Exactamente el mismo sobre. Había empezado a trabajar allí hacía más de veinte años, desde entonces el tiempo se escurría día tras día sin casi darse cuenta. Añoraba aquellos años de su juventud en los que tenía fuerza para todo, incluso para enfrentarse al antiguo encargado de la sucursal dónde trabajaba. Aquella mañana, nada más llegar y justo tras descubrir el sobre dorado, el nuevo responsable de la oficina se abalanzó una vez más sobre él para criticar su falta de compromiso.

– Señor, lo siento… – realmente hacía demasiado tiempo de aquellos días en los que se habría atrevido a contestar de cualquier otra forma.
– Siempre disculpas, Álvaro… – el encargado era un joven con una carrera fulgurante, acababa de licenciarse y ya comandaba los destinos de los quince trabajadores que tenía bajo su control – … si se repite otro día cómo este, será el último. Su último día, ¿lo entiende?

Álvaro movió la cabeza ligeramente mientras bajaba su mirada hasta dejarla fija en los zapatos blancos del joven encargado. Cuando él llegó a la empresa le obligaban a vestir con traje negro, corbata oscura, camisa clara y, siempre, zapatos negros. Pero con el tiempo aquellas costumbres habían desaparecido y ahora estaban regidos por una hornada imponente de víctimas de la moda.

– Y ahora, trabaje hombre… trabaje… que para eso se le paga – la voz del encargado pareció cansada de tener que insistir día tras día.

Así el día se hizo largo, cómo todos. Se olvidó completamente del sobre dorado que guardó en el primer cajón de su mesilla tras la irrupción del encargado. Álvaro tuvo que hacer un par de visitas, cerrar tres operaciones telefónicas y colgar en Internet las nuevas ofertas del mes, que siempre eran los pisos que nadie quería comprar a un precio insultantemente menos alto que el mes anterior.

No se volvió a acordar de los sobres hasta que se sentó de nuevo en su coche. Tenía que reconocer que aunque le llamaba la atención pensar en qué podía contener, estaba demasiado cansado para prestarles atención. Además, seguro que tan sólo eran una broma de su mujer. Quizás era su aniversario. Aquello le asustó. De haber sido así sería terrible. Comprobó su agenda y se sintió aliviado cuando cayó en la cuenta de que aquel día no era ninguna fecha importante. Todavía. Intentó relajarse respirando profundamente pero sabía que necesitaba una calada a su cigarrillo diario, el único que Luisa le permitía. Buscó en la pequeña guantera dónde siempre guardaba la cajetilla.

Lo que sacó le quitó durante un segundo la respiración. De nuevo el mismo sobre dorado, esta vez plegado y embutido dentro de la cajetilla junto al único cigarro que quedaba. Suspiró profundamente, miró a su alrededor para comprobar que estaba sólo mientras ponía en marcha el motor y engranaba la primera. Se encendió el cigarrillo y miró el sobre que había dejado en el asiento del acompañante. Había decidido no abrirlo hasta llegar a casa y poderlo comparar con el del lavabo.

Y, al llegar a casa, se encontró sólo. Su mujer y su hija habían salido con el otro coche. Se dirigió directamente al lavabo pero el sobre no estaba allí. Ni tampoco en la papelera, ni en la habitación o el comedor. No lo encontró en ninguna parte en su casa. Pensó que quizás Luisa lo habría tirado. Fue al coche a buscar el otro, pero también aquel había desaparecido. Sonrió nervioso. Acabó de dar una última calada a su cigarro y se sentó ante el televisor. El programa hablaba de la vida tras la muerte pero no le prestaba atención. Su mente estaba buscando una explicación racional a la aparición y desaparición por igual de aquel sobre dorado. Se lamentaba por no haberlo abierto en ninguna de las tres ocasiones en que estuvo en su mano.

Luisa llegó unos minutos después con su hija. El televisor estaba encendido y había poca luz en la casa pero Álvaro no aparecía. Le llamó un par de ocasiones sin respuesta. Dejó a la pequeña en su cuarto y salió a la parte de atrás de la casa. Allí lo encontró, estirado sobre el suelo, con la mirada perdida en el infinito y el rostro desencajado. En su mano derecha sostenía un sobre dorado abierto, y al lado de la izquierda, extendida sobre el pecho, un trozo pequeño de papel color Burdeos y letras plateadas. Se acercó a él asustada, recordando sus últimas palabras de aquella misma mañana. Recogió el papel y lo leyó en voz alta, mientras sentía un tremendo dolor en el corazón.

– El tiempo pasa, nunca para. Tu día ha llegado… – y se desplomó sin vida al lado de su asustado e incrédulo marido.

Ya dije al principio que Álvaro siempre se había preguntado cómo sería aquello de morir, ver su propia muerte y después tenerlo que contar. Y dije que lo iba a contar yo. Lo que no dije es para quién se había acabado el tiempo.