En sus manos el tesoro

Pasó navidad… y yo os traigo la segunda parte de “El Tesoro de Adriana“…

Wish you love it 🙂

El Tesoro de Adriana (parte II)

No había nada más que decir. Y de hecho, en el caso de que aquella joya hubiese pertenecido a la madre de Carlota, tampoco hubiera sido más importante, puesto que desde principios de aquel verano apenas pasaba un par de días seguidos en casa. Lo había abandonado todo para viajar a misiones perdidas en cientos de rincones del mundo, se sentía destinada a proteger a los niños del planeta en lo que, a Román y a su hija, les parecía una tarea descomunal e imposible, casi irracional. No. No había nada más que decir, si Carlota madre se lo había dejado en algún momento de su vida en lo alto de la torreta, ya no importaba, desde aquella tarde, la joya le pertenecía a ella. A Adriana.

Y le pertenecía a Adriana porque ella había sido la única en subir hasta lo alto. Porque Adriana había sido la única en llegar, en quedarse sin respiración al contemplar el juego de la luz que, a través del gran ventanal ovalado, iluminaba y decoraba los cuatro rincones de aquella torreta, y los libros apilados, y los espejos ocultados por viejas sábanas enmohecidas, y las capas de polvo que se habían adueñado del viejo escritorio.

Aquel mundo luminoso y extraño le pertenecía. Adriana sabía que en realidad era más suyo que de Carlota e, incluso, que de sus padres. Lo supo al sentir el irrefrenable deseo de acercarse a aquel viejo mueble, observar aquellos libros que permanecían abiertos esperando un lector que nunca iba a llegar. Lo supo al descubrir aquellos preciosos grabados y llegar a sentirse presa de aquel en el cual tres mujeres avanzaban comandando a un ejército que las seguían con un casi religioso fervor. Era su mundo. Sí. Suyo. De la pequeña Adriana.

Quizás por aquella razón no dudó en ningún momento que debía abrir el cajón, como si de alguna forma supiese exactamente qué se iba a encontrar, como si su todavía infantil e inocente intuición la hubiese guiado hacia su joya. La que seguía resplandeciendo en su mano a pesar de aquella dolorosa caída producida por un escalón carcomido por las termitas.

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