La realidad

Tercera parte del relato “El Tesoro de Adriana“… y nos vamos acercando al final de este 2011… ya queda menos

Enjoy!

El Tesoro de Adriana (parte III)

– ¡Niñas!

El grito de Audrey, la mujer que servía en casa de Carlota, las devolvió rápidamente a una realidad que las dos pequeñas habían abandonado hacía ya muchos minutos.

– ¿Dónde os habíais escondido?

La mujer, tan pálida y tan triste como de costumbre, con aquel sonido quejoso en su voz que, en ocasiones, parecía provenir de ultratumba, se acercaba a grandes zancadas hacía ellas. De repente se detuvo. Sus ojos se abrieron y sus labios se estremecieron durante una fracción de segundo. Su mirada vidriosa cobró vida, sus manos temblaron y cuando volvió a emprender sus pasos, éstos eran lentos e irregulares.

Finalmente llegó al lado de las dos asustadas niñas. A Adriana no le gustaba, la llamaba, nada cariñosamente, el fantasma de Carlota, porque aparecía siempre que las dos amigas estaban jugando, y lo hacía sigilosamente, cómo si las estuviese observando a cada momento, como si su única misión en la vida fuese asegurarse de que jamás pudiesen ser felices la una al lado de la otra.

– ¿Qué tienes en la mano, Adriana, qué escondes?

Por primera vez, al menos aquello fue lo que le pareció a la niña, la voz de Audrey sonó dulce y cariñosa. Extrañamente agradable, incluso humana.

– Nada…

Adriana cerró su pequeño puño apretándolo contra su querido tesoro.

– ¿Nada? ¿Estás segura? ¿Qué me dices tú?

La cara de Carlota se sonrojó y tuvo que apartar su mirada al sentir la de Audrey clavándose en sus pupilas. Sus padres le habían enseñado a no mentir, y nunca fue capaz de hacerlo sin que se le notase a leguas de distancia.

– Es sólo un…

– ¡Carlota!

– Adriana, deja que Carlota me diga que habéis encontrado.

Audrey sonó imperial, su voz daba órdenes y no dejaba espacio a ninguna otra interpretación.

– … un tesoro…

– ¿Y dónde estaba?

Adriana suspiró profundamente. Sentía que en cualquier momento podía perder su joya. La apretó aún con más fuerza.

– En lo alto de la torreta…

Los ojos de Carlota se desviaron a aquel lugar de la casa, su mirada se había cargado de una infinita culpabilidad, había dos lágrimas dispuestas a recorrer sus mejillas en cualquier momento.

– ¿Cómo habéis…?

Audrey calló. Por un instante sintió un terrible pánico, casi irracional. Las niñas jamás deberían haber llegado a lo alto de la torreta, y menos sin que ella lo hubiese sabido. Y, puestos a preocuparse, menos aún Adriana. Sentía que había fallado, que no había sido capaz de cumplir su cometido. No las había protegido. No la había protegido.

– Dámelo Adriana… dámelo, por favor.

Extendió su mano hacía la pequeña, pero ella se levantó y de una rápida carrera se distanció lo suficiente como para mantenerse a una amplia distancia de la mujer.

– No te lo daré… nunca.

– Adriana, te he dicho que…

La niña se giró dispuesta a huir, salir de la casa, cruzar aquel paseo que tantas veces recorría con sus padres, y entrar en su hogar, allí estaría a salvo de Audrey e incluso de aquella Carlota que la acababa de traicionar. Entraría en su habitación, se sentaría al lado de la ventana y pondría su tesoro en lo alto de su estantería, dónde lo iba a poder contemplar siempre que quisiera. Porque además, además, ya sabía, definitivamente, que aquella joya le pertenecía. Sí, era un plan perfecto. Un plan perfecto que chocó rápidamente contra la realidad.

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