Román…

Llega la cuarta parte del relato… y vuelve Román. Él siempre vuelve.

¿Más? El año que viene, sin duda alguna…

El Tesoro de Adriana (parte IV)

– ¿Dónde vas tan rápida?

Adriana sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Acababan de descubrirla. La mano de Román había agarrado su brazo izquierdo y la había frenado en seco. Su voz, la del padre de Carlota, era dulce y parecía comprensiva, pero sabía que también podía ser severo y seco cuando su amiga hacía algo mal.

De repente pensó en Audrey. La buscó con la mirada pero la encontró arrodillada junto a Carlota. Sus ojos habían vuelto a perder toda su expresividad y un basto silencio se había apoderado de su voz.

– ¿Qué está pasando, pequeña?

Las pupilas de Román se clavaron en la inocente mirada de Adriana al arrodillarse a su lado. Sonreía, pero aquella no era la sonrisa cariñosa que tantas veces le había dedicado, aquella sonrisa que con tanta envidia y celos acogía Carlota.

– ¿Qué escondes?

Adriana suspiró. Buscó a Carlota, pero su amiga se había escondido detrás de Audrey y sollozaba ya sin ningún reparo. Preveía un castigo. Preveía un sermón. Se iban a acabar los juegos con ella por todo lo que quedaba de verano.

– Es una cosa mía…

– ¿Tuya?… bien… ¿entonces por qué no me lo enseñas?

La niña esbozó la mejor de sus sonrisas mientras abría la mano y ensayaba una mirada de inocencia que pudiese enternecer el corazón del padre de Carlota. Sin embargo, Román palideció ante la visión que acababa de apoderarse de su alma.

– ¡Dios!… ¿De dónde lo has sacado?

El hombre miró alrededor. Audrey agachó la cabeza y Carlota estalló en un sonoro llanto. Suspiró profundamente. Aquello no estaba bien, nada bien, Adriana jamás debería haber encontrado aquella pieza, pero lo peor era saber que, de alguna forma, había estado esperando siempre aquel momento. Levantó su mirada. Contempló la torreta que se erguía sobre sus cabezas y lo comprendió todo.

– ¿Cuándo habéis subido?

– Hace un momento…

La voz de Adriana pendía de un hilo.

– ¿Sabías algo?

La mirada de Román se dirigió hacia Audrey, que apenas era capaz de fijar sus ojos en los del hombre.

– Lo acabo de descubrir.

– ¿Tenéis algo que ver, tú o tus hermanas?

Audrey tragó saliva.

– ¿Mis hermanas?

– ¡Audrey!

– No… que yo sepa no. Nada.

– ¿Me podrás explicar cómo demonios ha llegado esto a mi casa?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s