Su destino…

Desde “No Deberían Pecar” os deseo a todos, fieles y no tan fieles (^^), un Feliz 2012… para celebrar ese nuevo año, ¿qué mejor que la quinta y última parte de El Tesoro de Adriana?

Ya hemos llegado al final de este camino… pero sigo construyendo otros.

El Tesoro de Adriana (parte V)

Un silencio espeso y triste cruzó el tiempo y el jardín. No había respuesta válida.

– ¿Quién hay allí arriba, Audrey? ¿Está Mauricia allí? ¿Nana?

– ¿Cómo recuerdas…?

Román se levantó violentamente. De un rápido gesto arrebató la joya de las manos de Adriana y la lanzó más allá de los límites de su propiedad.

– No quiero que jamás vuelvas a coger algo parecido, ¿me oyes?

Adriana asintió al tiempo que las lágrimas se apoderaron dramáticamente de sus ojos. Carlota ya corría hacia la casa y Audrey buscaba con la mirada el punto en el que debía haber caído la joya.

– Escúchame Audrey, sé que seguirás aquí, con nosotros, sé que ellas estarán cerca, pero déjame asegurarte que no voy a permitir que le volváis a hacer daño a Adriana… no quiero ver de nuevo esa maldita pirámide cerca, no quiero que, ni por asomo, tú o tus hermanas os quedéis a solas con ella… la voy a proteger personalmente.

Miró a la pequeña, que se había quedado sentada sobre el césped y que sollozaba mientras se secaba las lágrimas, y acarició sus mejillas con una infinita dulzura.

– No me voy a separar jamás de ella. No dejaré que la obliguéis a vivir un destino que tan sólo podría herirla…

Audrey se atragantó. Quiso responder pero ninguna palabra llegó a su mente. No había nada que decir, no había nada que hacer, se incorporó en silencio y, sin mediar palabra, volvió a entrar en la cocina. Sus pensamientos se arremolinaban contra su pasado y oscurecían tanto su presente como el futuro, fuese cual fuese el que le estuviese destinado. Sabía que nada podía interponerse en el de Adriana, y durante unos segundos lamentó profundamente formar parte de él.

En el jardín, Román cogió en brazos a la niña, la sostuvo unos segundos, acarició su rostro y esperó a que dejasen de caer las lágrimas para pedirle perdón.

– Te compraré una joya más bonita… la que tú quieras.

– ¿La que yo quiera?

La mirada de Adriana volvió a iluminarse con la belleza de la inocencia.

– La que tú quieras. Te lo prometo.

La pequeña abrazó con fuerza al padre de su amiga. Apenas había lugar en su mente para aquella joya que había encontrado en lo alto de la torreta. Otra ilusión ocupaba ese espacio, una ilusión en forma de una promesa, de un regalo, que ya se había permitido imaginar.

Más allá de los muros de la casa, una mujer acababa de encontrar la pirámide. La cogió con sumo cariño, la limpio delicadamente, la envolvió en un paño rojizo de seda y la guardó en su bolso. Suspiró.

El destino de Adriana la acabaría encontrando tarde o temprano.

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