Corre Adriana otra vez…

Hace unos meses, para Sant Jordi, os regalé a todos los que llegasteis a este blog o a El Enigma de Adriana, la versión epub de mi novela “Los Ángeles no Deberían Pecar”. Ahora llega Navidad, una época mágica, una época cargada de simbolismo, de promesas por cumplir y de sueños que, a veces se hacen realidad y en otras ocasiones no.

Sea como fuere, me sirvo de este pequeño rincón que nació con el título de mi novela, para publicar y compartir de nuevo con todos vosotros un relato muy especial. Los que hayáis leído la historia de Adriana y hayáis llegado a su final lo comprenderéis mejor. Algunos, tal vez, incluso ya lo conozcáis. Los que no… pues los que no probablemente se queden sin poder interpretar según qué claves, pero para eso estoy, pedid y seréis escuchados (info@elenigmadeadriana.com).

Este relato, que se titula “El tesoro de Adriana” se sitúa a caballo de la primera y la segunda parte… esa que hace tiempo que está escrita pero que no encuentra editor, esa que tarde o temprano espero poder compartir con todos vosotros.

Antes de dejaros con la primera parte del relato, permitidme que os felicite las fiestas, que deseé para todos y cada uno de vosotros una feliz navidad y un mejor 2012. Y, una vez más, gracias a todas y a todos los que me habéis leído y acogido con tanto cariño, por vuestros ánimos, por vuestros comentarios, por estar siempre ahí esperando esa segunda parte que, si dependiera de vosotros, ya haría meses que correría por el mundo. Espero que no se haga de rogar mucho más.

Ahora sí… os dejo con mi Adriana (me ha encantado escribir esta frase). Id siguiendo el blog, tendréis muy pronto las partes restantes de este relato. Por cierto, el título de este post es el de una de las canciones que el gran Sergi Miwa ha compuesto inspirándose en “Los Ángeles no deberían pecar”, un fantástico regalo que me hizo y  que me hace pensar que hay vida más allá del papel… ¡y hasta aquí puedo leer (que no escribir)!

 El Tesoro de Adriana (parte I)

Cuando la niña se levantó del suelo, de aquel suelo polvoriento al que había caído después del tropezón en el último escalón, siquiera los arañazos que herían sus rodillas privaban que su sonrisa fuese la más radiante de cuantas recordaba haber hecho. Su mano derecha sostenía feliz el preciado tesoro que había descubierto en aquel curioso lugar que ella y su dulce amiga se habían atrevido por fin a explorar. Adriana sonreía feliz. Su gesto tenía un tierno aroma a éxito, a vida, a una victoria que, por más inocente que fuera, se acababa de convertir en su primer desafío cumplido, superado.

Y es que la casa de Carlota era un extraño laberinto de pasillos y habitaciones, un laberinto que ambas ansiaban descubrir juntas, de la  mano. Aquella mansión en La Garriga se había convertido en el perfecto escenario para sus juegos infantiles. Todo empezaba a pie de la majestuosa escalinata, justo frente a la puerta principal, y se extendía por cientos de rincones, por la cocina y el sótano, por cada espacio descubierto tras todas y cada una de las puertas de aquella residencia. Era un mundo sin fin que no dejaba de unirlas, de llevarlas a saber que, pese a sus escasos nueve años, estaban destinadas a ser las mejores amigas quizás, incluso, destinadas a salvarse mutuamente en algún instante del futuro. Pero todo aquello era una intuición, un sueño que ambas habían compartido y guardado en algún lugar de su subconsciente, de momento nada más, era algo así cómo un recuerdo no vivido, pero real en el fondo. Muy real.

Más allá, sin embargo, había algo en aquella casa que atraía profundamente la curiosidad de Adriana. Aquella vieja torreta, aquel lugar al que no se podía llegar de ninguna forma conocida, al que ninguna puerta conducía., Adriana soñaba con la torreta y Carlota, a pesar de no compartir aquella pasión por ese inhóspito rincón de la casa, por aquel lugar que sus padres tanto se esforzaban en ocultar y que tantas historias extrañas provocaba entre el servicio de la casa y los vecinos, deseaba acompañar a su amiga en todos sus juegos. Porque la realidad era que las dos sabían que había algo que las atraía, quizás no era lo mismo, pero las dos sabían que tarde o temprano acabarían subiendo a aquella torreta.

Y ese instante llegó una tarde calurosa de verano. Carlota había encontrado un pequeño agujero, suficiente para que una niña se colase en él, escondido dentro del armario de la habitación de sus padres. Todo había sido sencillo, natural, inocente, un juego en otro juego que, para cuando se quisieron dar cuenta, acabó con ambas frente a una estrecha escalera de madera, una promesa que parecía subir justo allí dónde comenzaban sus sueños.

Pero todo aquello ya no importaba. Pocos minutos más tarde Adriana sonreía feliz. La pequeña, con su cortísimo pelo moreno, su mirada brillante y su amplio gesto de felicidad, conservaba en su mano derecha aquella preciosa figura que acababa de descubrir en lo alto de la torreta. Su rodilla izquierda sangraba levemente, Carlota la miró con un gesto de preocupación.

– ¿Duele?

Adriana la observó. Su amiga, pelirroja e inocente, ocultaba tras aquel ligero gesto de angustia, el miedo a ser descubiertas, al castigo. Su padre le había dicho, al cumplir los ocho años, que a partir de aquel momento iba a confiar en ella cómo algo más que una niña. Por alguna razón que la jovencísima Carlota nunca iba a ser capaz de entender, Román esperaba de ella una madurez que la pequeña ni quería ni sabía poseer. Así que en aquel instante, mientras contemplaba a su amiga y compañera de travesuras, supo que habían hecho mal en entrar en aquel agujero.

– No… no duele… ¿te gusta?

Levantó su mano derecha y dejó que uno de los pocos rayos de luz que bajaban de la escalera, filtrándose desde lo alto de la torreta, iluminasen su tesoro.

– Es precioso… ¿qué es?

Carlota contemplaba maravillada el luminoso contraste del rojo que reflejaba lo que Adriana le mostraba, contra el blanco de las paredes.

– No lo sé. Una joya… ¿será nuestro secreto?

– ¿Y si es de mamá?

Adriana chistó. Siquiera se le había pasado por la imaginación aquella posibilidad. ¿De la madre de Carlota? No, no era posible. De ninguna manera.

– Ahora es nuestro.

Por cierto, ya sabéis que podéis comprar mi libro de relatos -Mosquitos de Invierno- aquí: Ediciones Atlantis

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Coses simples…

Sí… hace tiempo que no actualizo mi rincón literario… espero que este pequeño relato sirva de disculpa provisional. Prometo seguir haciendo lo que más me gusta: escribir y, de paso, compartirlo con vosotros…

Hoy, de momento, os dejo con otro de mis textos en catalán… las cosas sencillas son las que hacen más bella la vida, ¿verdad?

Sed felices.

Coses simples

Aquestes són les coses que hauries de saber, mirant-me com em mires. Hauries de saber que sóc rossa, encara que tu em vegis pèl-roja, que no vull jugar amb el teu amic, que vull jugar amb tú, hauries de saber que cada matí, quan em llevo, em contemplo al mirall i m’agrada el que hi veig, que per això no em maquillo, i que crec que no necessito fer-ho. Hauries de saber, t’ho dic de veritat, que no m’agrada que fumis mentre esperes a la parada del bus, hauries de saber que m’agrada la clenxa que portes al pentinat, tot i que m’agrada més el tupè impossible del teu amic. Sí, hauries de saber que porto perfum, i quasi et demanaria que sabessis que no en porto un de qualsevol, sinó d’aquella marca francesa més cara que no pas tota la roba que vesteixes, tú, avui. Hauries de saber que els meus ulls no són meus, sinó lents de contacte que em permeten veure’t pujar i asseure’t, cada dia, dos o tres seients més enllà.

No pretenc que ho sàpigues tot de mi. Això seria enamoradissament insòlit, perquè ni jo mateixa sé tot el que s’ha de saber. Però sí voldria que em diguessis de quin color és, avui, la meva roba interior, perquè sé que intentes veure-la des de més enllà, camuflant la teva mirada entre els cossos dels que ens acompanyen. Hauries de saber per què m’agrada porta la falda curta, o per què no defujo mai el teu somriure quan ens creuem, encara que sigui un gest tímid i, quasi, melangiós. Què més? Hauries de saber que no sóc poruga, però tampoc sóc tan atrevida com vols imaginar-te, que mai de la vida podria participar en tot el que somies, i que m’agradaria trobar-me, alguna vegada, una rosa, vermella, en el lloc on sempre m’assec. No sé quina n’és la raó, però m’ompliria de felicitat aquest detall romàntic i t’he de reconèixer que cada matí, quan pujo al nostre bus, el que compartim des de fa més d’un any, espero una sorpresa que no arriba mai. Sí, això també ho hauries de saber.

I no em diguis que no ho saps. Perquè hauries de saber que t’estimo en silenci, però que t’he estimat sempre. Que potser miro al teu amic més, però només perquè ell no fa que el cor em fugi del pit cada cop que el veig, hauries de saber que ho sé tot de tú, sé de quin color són els teus ulls verds, o per què sempre fas veure que mires el mòbil mentre viatgem en el bus. Hauries de saber que conec cada piga del teu rostre i, és clar, aquell tatuatge que creus que duus amagat a l’espatlla, que sé per què baixes abans que jo, i que sé que no vius on fas veure que vius. Que sé per què les teves paraules són curtes i per què el teu alè fa l’olor de la primavera.

No ho entens? Hauries de saber que ho sé, i que no ens queda gaire temps abans d’arribar allà on el temps ens porta. 

La madrugada de Luna

Recupero mi pequeño rincón en la blogosfera literaria con uno de mis queridos clásicos… Hace años, ya, que lo escribí y nunca, nunca, me canso de este relato…

La Madrugada de Luna

Luna estaba sentada en el alfeizar de su ventana. Quería volar. Nada deseaba con mayor intensidad que aquel viejo recuerdo que golpeaba en ocasiones su alma. Era una imagen oscura que acudía a su retina, se fijaba durante unos segundos y luego desaparecía lentamente dejando tras de sí un ligero halo de tristeza.

Quería volar. Era lo único que quería en aquel mundo. Lo que más anhelaba. Y aunque sabía que, de hacerlo, iba a abocarse al vacío, sus piernas y sus brazos la animaban a saltar, a lanzarse hacía aquel espacio oscuro que se ofrecía libremente bajo su mirada. Cuánto más lo contemplaba, más crecía aquella tentación en su interior. Se vio a sí misma reflejada en un claro de aquella brillante luna a la que le debía el nombre. Sonrió silenciosamente.

Valía la pena intentarlo. Valía la pena recuperar aquella bella sensación. Miró hacía atrás. Vio las dos camas perfectamente alineadas contra la pared. Sus dos hijas dormían en un plácido silencio, ajenas al mundo real que se estaba decantando contra ellas.

Y es que Luna seguía sentada en el alfeizar de su ventana pero su mente ya no estaba en ese rincón del mundo. Siquiera estaba con las pequeñas. Su mente había vuelto a aquel origen al que había renunciado. Volvía y lo visitaba una y otra vez, recordando las sensaciones que se habían hecho esquivas y huidizas durante tantos años pero que, súbitamente, habían vuelto a ocupar un lugar bien presente en su memoria.

Así que se puso de pie y miró al infinito.

Y no vio nada más que la misma oscuridad, el mismo vacío que la acompañó aquella madrugada en la que decidió dejarlo todo. Suspiró profundamente. Estiró sus brazos y los arqueó ligeramente hasta formar una cruz perfecta con su cuerpo.

Podía notar nítidamente el frío golpeando sus recuerdos, su memoria, su silencio. Y, aún así, sentía el cálido tacto del destino empujándola a hacerlo, a perder el miedo. A volar. Porque Luna quería volar. Quería volver a hacerlo – ¡Dios! –. Ella sabía que no podía, ella sabía que no debía, pero también sabía que no lo había olvidado ¿Cómo iba a hacerlo? Era tan sencillo.

Levantó y separó ligeramente sus talones del suelo. Se quedó suspendida soportando todo el peso de su cuerpo sobre las yemas ensombrecidas de los dedos de sus pies. Ya no había vuelta atrás. Había tomado una decisión. Respiró silenciosamente, volvió a ojear al interior de aquélla pequeña habitación una vez más, la última vez, para contemplar el dulce sueño de sus hijas. Una ligera sonrisa cruzó su rostro. Era una sonrisa de felicidad, pero era una sonrisa, también, de añoranza.

Lanzó aquel último beso tal cual se hubiera despedido de su único y gran amor. No tenía otra ocasión, era aquélla noche o ninguna otra. Así que volvió a ojear al vacío. Su corazón latía con una intensidad que ni ella misma era capaz de conocer, o de reconocer. Nada, nada se podía comparar con la descarga de sentimientos y emociones que en aquel instante invadía todo su cuerpo y sus extremidades, aún paralizadas pero preparadas para volar.

Miró a su espalda. Allí de dónde antaño habían nacido sus dos preciosas y perfectas alas ahora tan sólo había un espacio yermo, vacío. Piel tierna sobre un músculo blando que a duras penas conseguía mantener en su lugar aquellos huesos que parecían querer huir de tan menudo cuerpo. Sabía que las iba a echar de menos.

Sin embargo cerró los ojos e intentó recuperar aquella hermosa sensación. La forma en que el viento acariciaba su rostro, la forma en que el sol doraba sus cabellos, la forma en que la vida transcurría dulcemente mientras ella surcaba su mundo. Un mundo que había descubierto y al que había renunciado, un mundo que sabía que no iba a volver. Ya nada iba a volver.

Sintió cómo su cuerpo se desplazaba lentamente hacia delante. La fuerza implacable del vacío la empujaba a recorrer, a una velocidad endiablada, aquel espacio tan corto de tiempo. Y sin embargo, todo se hizo eterno. Todo se hizo infinito. Volvía a sentir. Volvía a sentir. Tragó saliva, intentó respirar pero la presión lo hacía imposible, sonrío. O cómo mínimo, gesticuló buscando un pensamiento bello que la acompañase al final. El más bello de sus pensamientos, fuese cual fuese.

Y entonces acudió a su mente.

Y fue en ese instante cuando se dio cuenta.

Las alas habían desaparecido porque el tiempo se las había llevado. Su piel se conservaba tersa justo allí dónde, tan sólo unos años atrás, su mundo había adquirido sentido, un sentido que ya no existía.

Se giró y se volvió hacía la habitación. Se sentó de nuevo en el alfeizar de su ventana y sonrió. Escuchó el silencio de la vida.

No necesitaba un pensamiento bello.

Nada era más bello que lo que sus ojos contemplaban

Diferent

Siguen los viernes literarios de verano… y que no paren…

Desde Miami, con cariño, os dejo otro relato… esta es la versión no editada de otro relato presentado al concurso de TMB… me gusta más el que vais a leer, que el que tuve que enviar (aquello de los máximos y mínimos…)

Seguid leyendo (qué bueno es el verano para la literatura!)

 

Diferent

L’home que s’asseu al fons de l’autobús, al racó, sacseja amb violència aquella andròmina electrònica que serveix per veure el diari cada matí. Ho fa perquè sacsejant, diuen, s’actualitza la informació en temps real, pot escoltar els comentaris dels seus articulistes preferits i, fins i tot, demanar-los opinió sobre l’actualitat, aquesta actualitat que el té corprès ara que s’ha sabut que la Unió Soviètica ha decidit reactivar el seu programa nuclear a la lluna. De sobte, un punt s’il·lumina enmig de la pantalla, creix lentament fins que, al final, apareix aquella dona, bruna, d’ulls clars i perfectament pentinada que li demana, amb la veu especialment dolça que ell va configurar, quin tema és del seu interès, avui. Ell fa que sí amb el cap, passa el seu dit índex per la pantalla tàctil fins a seleccionar la icona de la “guerra nuclear al satèl·lit” i espera a que aquell escriptor que tant admira aparegui en escena, perfectament pulcre i polit, per exposar-li, només per a ell, el comentari del que està succeint a uns milers de quilòmetres de distància.

I és que està preocupat. No ho pot negar. D’ençà que els aliats nord-americans van entrar a la vella Europa i van continuar avançant fins a colonitzar-la del tot, sempre ha tingut la sensació de viure en constant confrontament amb el món que s’estén més enllà de les fronteres del nord. Els anys cinquanta i seixanta van ser terriblement hostils i freds, als setanta la revolució bèl·lica va adoptar característiques maquiavèl·liques i, fins i tot als vuitanta, quan els joves van voler adoptar per una actitud pacifista, els diners dels estats de la confederació americana van fer callar tots els crits. Així els anys noranta van acabar amb la gran depressió, el crack de la borsa, els suïcidis des dels terrats dels magnífics gratacels que s’havien construït a Barcelona, una ciutat que no havia parat de créixer, a imatge de la Nova York que volia imitar, d’ençà que es va convertir en la capital europea de l’imperi unionista. Sigui com sigui, ara els soviets sembla que es volen rebel·lar, especialment des que van fer efectiu, a principis d’aquest 2011, el tractat de fusió amb les antigues terres de la Xina i el Japó.

El món és ben boig” pensa l’home que s’asseu al fons, al racó, al mateix temps que dibuixa un somriure furtiu per sota del seu bigoti. “Com no estar preocupat?”. Mentre hi dona voltes, una dona, gran, de cabell blanquinós i caminar insegur, passa pel seu costat i li dona un petit cop amb la bossa. –I’m sorry– li diu. –Oh!, no passa res– respon ell, com sempre en català. –Vaja, vostè és dels nostàlgics…– ella li dedica un ampli gest de comprensió, barrejat amb una estranya emoció, que sembla ser melangia, o potser desil·lusió, l’home no ho sap reconèixer del tot. –Sí, en podríem dir així…– fa un gest amb les mans convidant-la a ocupar el lloc que ha quedat lliure al seu costat. Ella somriu, agraeix la invitació i ho fa, tota coqueta.

Sap quantes vegades he pensat en un món diferent…? – L’home s’atreveix a començar una conversa que no sap on el durà. –M’ho puc imaginar– respon la dona, somrient. –Tantes… – La mirada d’ell es desvia i es perd en la ciutat. La Plaça de la Unió Americana apareix davant dels seus ulls, a l’esquerra el gran edifici dels magatzems de la Macy’s, a la dreta la rèplica de l’estàtua de la Llibertat que la ciutat de Manhattan els va regalar en commemoració del cinquantenari de l’entrada de les tropes americanes a Barcelona. –És la meva parada…– la veu de la dona li arriba tímida, llunyana, quasi com si provingués d’un altre món. –Pensi en positiu, pensi que potser aquest és el millor món que podríem tenir –, li diu, mentre somriu, amb aquella dolçor que només l’edat pot conferir a un gest. L’home assenteix amb el cap. L’observa allunyar-se fins que la veu baixar d’aquell autobús amb què recorre cada dia la ciutat. Es recolza al seu seient i sospira.

Potser ella té raó, potser aquella mirada còmplice, en aquell bus, en aquella ciutat, no es podria haver repetit en cap altre món possible. Mira al cel, “la primavera es deixa notar en aquest cel estelat”, pensa, mentre recorda com era la Lluna que el corona abans de ser escapçada amb aquella primera explosió nuclear.

Pomes i mentides

 

Vuelven los -mis- viernes literarios. Y, para hacerlo, he seleccionado un relato presentado, recientemente, a uno de los concursos que van ganando más adeptos en los últimos años… el Concurs de Relats Curts Online de TMB. Yo, para celebrar esta vuelta al ruedo blogguer, me voy a la otra punta del mundo… quizás a seguir buscando pequeños detalles de la vida que me sirvan para inspirarme.

Sed felices y leed

 

Pomes i mentides

La primera poma roda. La inèrcia la condueix entre les cames dels viatgers, indomable i quasi imparable. La segona poma rebota. Fa un salt estrany, juganer, insòlit, i acaba aterrant a la falda d’un home que, amb un posat seriós, li dirigeix una mirada hostil. La tercera poma, massa madura, s’esclafa lleugerament en caure i dubta. El seu color, excessivament vermellós, contrasta amb els grisos que omplen els racons d’aquell vagó i, com que no vol ser protagonista, aprofita una frenada per amagar-se al darrera d’unes estilitzades sabates de taló. La quarta poma, tota tímida, prefereix quedar-se a la bossa de plàstic d’on han saltat les seves companyes fa tan sols un instant, ínfim. És un lloc confortable, s’hi està calent, s’hi sent protegida, sap que allà resplendeix.

Quan torna la llum, ell, el xicot del costat, atractiu, alt i mudat, aparta les seves mans i somriu nerviós. S’arregla la corbata, d’un vermell madur, i es posa a lloc les ulleres. Observa la poma que ha quedat a la bossa i fa una mirada ràpida buscant les altres que, ho sap, també estaven allà abans d’aquell instant de foscor. Somriu nerviós mentre s’ajup per recollir-ne una, darrera d’aquelles sabates que presagien unes cames perfectes, i allarga la mà per demanar, amablement, a l’home amb la mirada perduda que li faciliti la segona. Fa un gest d’agraïment i dissimula.

S’apaga de nou. Una mà furtiva busca els malucs de la dona. Ella tremola, no gens tímidament. La quarta poma se sent ingràvida però segueix obsessionada per quedar-se aixoplugada en aquella bossa. Cau. No surt. Xoca, rebota, i s’hi queda. Dos peus que es remouen inquiets, buscant uns altres dos peus que en la foscor es fan fonedissos, empenyen la bossa i la poma cap al passadís. Allà topa amb la punta d’una sabata perfectament llustrada que, en sentir el tacte d’un objecte estrany, reacciona desfent-se’n amb un moviment brusc cap endavant. Aquella última poma ja no té cap protecció i roda desconsolada.

Espurneja el blanc enmig de la foscor. Es fa un segon de silenci fins que el vagó s’il·lumina de nou. El xicot es torna a apartar, estira el coll, es corda l’americana, i s’escura la gola. Amb un ràpid, i quasi instintiu, moviment de la mà dreta es neteja el rastre de carmí esquivant mirades furioses. Una forta accelerada fa que la primera poma desfaci el seu camí i s’aturi en els peus d’ell, que la recull. Intranquil, s’arronsa d’espatlles, mastega alguna paraula que no es capaç de pronunciar i neteja la poma amb la seva camisa de vestir. La torna a la propietària que agraeix el gest sense mirar-lo, sense comprendre res.

Ella, que llueix una joventut resplendent il·luminada per aquell blanc immaculat, agafa la mà de la seva mare i la prem amb força contra el seu pit. Observa el reflex que es dibuixa en el finestral del vagó. Mirades que es creuen, somriures que es perfilen amb una valentia no gaire convencional. Fa una ullada ràpida al xicot i immediatament la dirigeix a la seva mare. La dona, amb la mà lliure, es retoca el color dels llavis i fa un ampli, però sensual, gest de negació amb el cap. Un passatger de més enllà recull la quarta poma i li torna en mà. Fruita madura. 

“No mires atrás”

… Siempre hemos creído que conocemos todas las respuestas, y las gritamos a pleno pulmón como si fueran nuestros propios himnos generacionales… pero lo único cierto, lo único que mueve al mundo y que jamás tendrá una respuesta racional, es el amor…

Os dejo con la última parte de este relato. Espero que esta historia os haya parecido interesante… creo que el escritor que hay en mí se tomará un tiempo de descanso, tras esta sucesión de viernes literarios, así este blog de ficción os dará un respiro, no fuera a ser que os llegara a aburrir. En cualquier caso, gracias y hasta pronto…

No Mires Atrás (This May Be Your Last Chance y IV)

No. Bajo ningún concepto y por nada en el mundo iba a renunciar sin más. Quizás se había acabado la magia, tal vez jamás volvería ser como entonces, ¿pero qué más daba? Si realmente debía morir, quería estar allí, con ella.

Y se alzó. Se incorporó. Abrió lentamente sus ojos pero se sintió herido por un brillo cegador que se había adueñado de la habitación. Lloró. Quiso gritar, pero para cuando se dio cuenta, no había voz alguna que pronunciar. La carne ardía, su alma se estaba partiendo en pedazos, sus extremidades se habían quedado rígidas.

“No mires atrás”.

Juraría que Alma se lo había pedido, que se lo había advertido, pero ya no lo recordaba. Y sin embargo, aquellas tres palabras aparecían incesantemente en sus pensamientos, dibujadas en los labios de esa mujer de belleza pura y mirada angelical. “No mires atrás, Antón, por lo que más quieras, no mires atrás”. Sí, se lo dijo. Y quizás aquello era lo último que iban a escuchar aquellos oídos que estaban perdiendo ya los últimos reductos de una humanidad que desaparecía segundo a segundo.

“Ya no tengo hogar”. La frase se repetía una vez y otra, incansablemente, en la mente de Antón mientras aquella enfermiza rigidez se adueñaba de todo su cuerpo. Quiso implorar el nombre de Alma, suplicar una oportunidad, rezar para que todo cuanto estaba muriendo en él fuese a quedar para siempre allí, en la eternidad.

– No sufras, Antón… acabará pronto.

La voz de Alma llegó como un cálido obsequio en plena madrugada de invierno. Su alma, la de Antón, sonrió al escuchar aquellas palabras, y en un último esfuerzo titánico consiguió abrir por última vez sus ojos. Y con aquella última mirada, vidriosa, enferma, se topó con unos ojos que eran fuego, con un rostro puro, con una sonrisa de una bondad tan infinita como imposible.

– Todo acabó. Todo acabó… Deberías haberme obedecido, hubiera sido tan fácil, yo jamás habría vuelto, tú no sabrías por qué pero habría desaparecido de tu vida, y el silencio se habría convertido en tu mejor regalo. Pero no podías renunciar, no podías renunciar…

Una lágrima surcó la piel de una porcelana lisa y pura de Alma, pero se evaporó antes de alcanzar el final de la línea del rostro. Estrechó con fuerza, entre sus brazos, el cuerpo inerte de Antón y suplicó encontrar su espíritu allí donde su viaje la debía llevar. Si lo hallaba, si le hallaba, volvería a desafiar las leyes, costase lo que costase, convencida de que, finalmente, su señor, aquel al que le debía la vida y Antón la muerte, se apiadaría al comprobar cuanto, ambos, habían luchado por ese amor imposible, repleto de grandes sacrificios.

El fuego en sus ojos empezó a brillar con más fuerza. Detrás de ella la figura de mármol de Antón se había erguido con una mueca de dolor y tristeza que no iba a poder olvidar jamás. ¿Dónde quedó esa música? ¿Dónde quedó esa última oportunidad que tanto deseaba vivir como ser carnal?

Alma alzó sus brazos, elevó su mirada hacia aquel cielo que se abría con la albada de sus días, y dejó que sus alas volviesen a nacer en su espalda mientras sentía el calor de su hogar envolviendo todo su celestial cuerpo.

Lo prometido…

Hoy es Sant Jordi… el mundo entero ha aprendido a celebrar, en esta Diada tan especial en Catalunya, la Fiesta del Libro, una jornada en la que nos prometemos leer todo lo comprado, en la que buscamos títulos, firmas, en la que compartimos la pasión por la literatura y la hacemos cómplice de las horas de nuestra vida.

Será porque me he dejado llevar por el espíritu de Sant Jordi (algunos, pocos, muy pocos, conocen uno de mis mayores secretos, vinculados al caballero, al dragón, y a cierta representación teatral en mi etapa escolar ^^); será porque os agradezco todas las veces que venís a este pequeño rincón para leer lo que os voy dejando, será –eso– gratitud o –aquello– alegría pura.  Será por lo que será… pero hoy os dejo un regalo, os dejo mi primera novela: “Los Ángeles No Deberían Pecar“, que no solo da nombre a este blog (y a “El Enigma de Adriana”) sinó que es mi pequeño tesoro…

Solo hoy, tan solo hasta las 00:00 horas de esta medianoche…

Oh! se acabó la diada, pero os doy las gracias a todas y a todos por la magnífica acogida que me habéis prestado en esta iniciativa… lo mejor de escribir: vosotros!!!!!

Hasta la próxima!!


La segunda de sus peticiones

¿Seguís leyendo?… muchas gracias… os debo un regalo. Tal vez si el 23, el día de Sant Jordi, os pasais por aquí encontraréis una sorpresa. ¡Ah! venid con un lector epub o pdf…

De momento os dejo la tercera parte del Last Chance ^^

La segunda de sus peticiones (This May Be Your Last Chance III)

Antón se volvió sobre sí mismo. Se levantó, suspiró profundamente y, en silencio, cumplió la primera de las voluntades de Alma. Le dio la espalda. Sintió como su corazón se estremecía segundo a segundo, sintió sus lágrimas aflorar y una lenta muerte inundando sus pulmones. ¿Era aquella la misma muerte que iba a apoderarse de su amada Alma? Durante unos instantes no quiso, ni pudo, apartar esa imagen de su memoria. Demasiado dolor. Demasiados recuerdos convertidos en un fracaso tierno que estaban acabando de celebrar. ¿Por qué no había conseguido hacerla feliz?, se preguntaba una y otra vez, ¿Tan difícil era?, ¿qué era lo que se había interpuesto entre ellos a pesar de todos sus esfuerzos?

Y entonces cumplió con la segunda de las peticiones.

Se agachó hasta estirarse boca abajo en el limpio, increíblemente limpio, suelo de aquella habitación. “Entonces cerrarás los ojos, y respirarás muy lentamente, tanto que incluso de dolerá el pecho, tanto que sufrirás y que creerás que lo más negro se cierne sobre ti. Pero solo serán unos segundos. Los necesarios”.

Y él obedeció. Sintió su voz ahogada en su espíritu, suplicando más aire, más vida, suplicando que abandonase aquel absurdo juego, que se diese la vuelta y se quedase cara a cara, mirada a mirada, vida a vida, frente a aquella mujer. Por Alma hubiera dado la vida. Y no hacía tanto, ya, de aquello, de tener la seguridad de que dependía de sus ojos más que de los de cualquier otra persona. Pero después se estropeó. Por ella, o por él, no sabría decir exactamente cuál era el motivo, sin embargo la magia desapareció como un castigo impuesto por una fuerza superior y que jamás conseguirían entender. En su lugar quedó un vacío, aquel mismo vacío que besaba en el frío mármol.

Hasta que la canción acudió a su mente “this may be your last chance”, se repetía, como si aferrándose a aquella última oportunidad de tenerla entre sus brazos, todo fuese a ser mejor, más real, más auténtico. ¿Qué otro destino podía querer si no era uno con Alma a su lado? No. No podía dejarla escapar.

La tercera petición era dramática. No se podía levantar, pasase lo que pasase hasta que la noche se hubiese esfumado y, en su lugar, un cálido sol dominase el cielo azul. Todo formaba parte de aquella extraña y dulce magia de su querida Alma, de aquel turbador encanto que tantas veces le había conseguido conquistar. De acuerdo, lo podía aceptar. Podía estarse allí, estirado, quieto, esperando que todo acabase, que aquella muerte más dulce que ella prometía realmente llegase de alguna forma, ¿pero entonces qué? ¿Qué le iba a quedar? ¿Qué sonrisas iba a pronunciar si su mundo entero se acababa deshilando bajo sus pies, todo mientras él no hacía nada por evitarlo?

“Y yo jamás volveré a abrir los ojos”.

Un lugar al que regresar

Segunda parte de “This May Be Your Last Chance”… ¿Dato curioso? creo que es mi último relato escrito… ¿o no?… me empieza a fallar la memoria, será cosa de la edad…

Todo vuestro:

 

Un lugar al que regresar (This May Be Your Last Dance II)

– Todos tenemos un lugar al que regresar, Alma.

Ella sonrió. Triste. Cansada. Derrotada por la realidad.

– No, no todos. Hay una muerte más dulce que esta…

– ¿Muerte?

– Sabes lo que quiero decir…

– Te juro que no.

Antón suspiró con una tristeza opaca. Alargó su mano y dejó que sus trémulos dedos acariciasen el joven rostro de Alma. Fue la última caricia. Quizás en aquel momento él todavía no lo sabía, pero era cierto. Jamás iba a volver a sentir su piel contra la de ella.

– Escúchame, esto es lo que vas a hacer…

La joven se acercó lentamente al oído y dejó que sus palabras llenasen lentamente el mundo de Antón. Él cerró los párpados, se dejó transportar por aquel aliento dulce que acariciaba su cuello y le permitía viajar al pasado. ¿Quién dijo que no era posible volver atrás?, quiso pensar, y de hecho durante unos tiernos segundos, alguna parte de su corazón creyó realmente en esa posibilidad. “Volvamos”, se repetía, “volvamos”…

– …y yo jamás volveré a abrir los ojos.

Entonces ella le devolvió a aquella triste realidad. No, no se podía volver, alguien se había encargado de borrar las huellas del camino y todo cuanto habían recorrido era ya tan sólo un fugaz pasaje en su memoria.

– No quiero que lo hagas…

– Antón, querido Antón, hay cosas que ya no puedes controlar.

Alma se levantó en silencio. Su frágil cuerpo se tambaleó contra la luz de la luna, reflejando en una de las desnudas paredes de aquella habitación una sombra deliciosamente tímida, una sombra que ya no era la que había sido hasta aquella noche.

– Escúchame, todos nos vamos, todos. La vida nos lleva, así, de esta manera, en sus brazos hasta que de repente nos deja caer. Es decisión nuestra aceptar ese momento o labrar nuestro propio destino…

– ¿Qué estás diciendo, Alma?

Ella suspiro intentando encontrar las palabras adecuadas.

– … que estoy enferma, ¿qué me queda? ¿A qué puedo aspirar, ya? No. No es esto lo que deseo, la diferencia entre tú y yo, es que tu todavía no sabes en qué momento la vida va a dejarte caer de su abrazo. Yo sí. Yo tengo una fecha escrita en mi historia. Una fecha que se labra segundo a segundo en mi espíritu.

 

This may be your last chance

Tengo algo que decir… me gusta escribir.

Cuando era pequeño descubrí que crear, y contar, historias era lo que realmente me apasionaba. En la escuela todos mis compañeros sabían qué querían ser de mayores, y cuando me llegaba el turno de responder a esa pregunta siempre guardaba un sincero silencio. ¿Creador de historias? Aquello no parecía una profesión… Con el tiempo comprendí que poner esas historias en negro sobre blanco era mágico, era lo que más me llenaba, que las palabras que se iban formando, lentamente, en mi cabeza no me pertenecían, porque eran parte de algo más, de algo mucho mayor, de algo que me trascendía de una forma que jamás llegaré a comprender… así empecé a escribir. Así he llegado a este día, comprendiendo que ser escritor no quiere decir, necesariamente, publicar (aunque ayuda), que ser escritor es una condición, una certeza que se construye incluso cuando no se es consciente de estar haciéndolo… ser escritor es querer compartir, por encima de cualquier otra cosa en el mundo, esas palabras, esas frases, esas historias que se forman, incansablemente, en mi imaginación…

Por eso hoy, de nuevo, os traigo otra de mis historias, al fin y al cabo es es el objetivo de este pequeño rincón en la blogosfera, ¿verdad?

Las próximas semanas vendrán nuevos capítulos… de momento, os dejo con la primera parte de “This May Be Your Last Chance”… escrito, sí, con música de fondo (aunque no os diré con cual…).

This May Be Your Last Chance (I)

Apagó las luces. Las apagó por un segundo, cerró sus ojos y dejó que aquello que le había iluminado durante años se fuese oscureciendo, lentamente, como un susurro que se apagaba en un triste silencio, hasta que las volvió a abrir para observar, en paz, la mirada de él.

– ¿Y qué va a pasar ahora?

La luna les observaba, expectante, desde algún rincón más allá de lo que pudieran comprender como su mundo.

– Nada. Nada que no deba ocurrir.

– ¿Por qué ya no la escucho?

Alma decidió no responder. Conocía las palabras exactas que tenía que pronunciar, pero se sentía incapaz de permitir que sus labios las pronunciasen. Allí, a su lado, un mundo entero cedía al peso de la realidad, de aquella realidad que se obstinaba en remover su ya escasa paciencia, su aún infinita mirada azul, perdida en el silencio del horizonte.

– No olvidaré esa primera vez, aquella música rondando mi mente, esos sonidos que parecían envolverme y regalarme una paz infinita. ¿Dónde está?

Era cierto. Había desaparecido de la misma forma en que cada silencio que crecía entre ambos no era, sino, otro reflejo del fracaso que estaban aprendiendo a afrontar. Primero fueron los besos, los besos dejaron lugar a los gritos, tras los gritos llegó aquel silencio, necesario, que había ensombrecido para siempre la música que les había llegado a acompañar.

– Vas a volver con tu mujer, supongo.

La voz de Alma se mantenía perfectamente serena, controlando cada una de las emociones que debían querer poseerla pero que eran incapaces de dominarla.

– En tal caso, tú deberías hacer lo mismo.

– Yo no tengo hogar.

Silencio. De nuevo ese incómodo silencio que decía demasiadas palabras, ninguna agradable, ninguna suficientemente confortable como para ser compartida de alguna forma. No había nada por lo que sonreír, nada por lo que llorar. Nada. Alma miraba al frente y veía la misma oscuridad que les había acogido hacía tan solo unas horas, pero lo que antes le parecía dulce, ahora era de un amargo incómodo a su garganta. A su lado, Antón, había cerrado ya sus ojos para evitar que aquellas imágenes siguiesen hiriendo sus recuerdos.