Y mi regalo de reyes…

Porque sí, porque la historia de Adriana tiene una segunda y una tercera parte. Este es mi regalo de reyes para todos vosotros… un regalo con fecha de caducidad, como suele ocurrir, porque este post solo será público hoy… pero más vale eso que nada, ¿verdad?

Os dejo, pues, con el primer capítulo de la segunda parte de “Los Ángeles no deberían pecar”

Espero que os guste…

 

… bueno, se acabó el plazo de lectura 🙂 pero pronto Adriana volverá a volar en vuestras pantallas o en vuestras páginas… 

¡gracias a todos!

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Corre Adriana otra vez…

Hace unos meses, para Sant Jordi, os regalé a todos los que llegasteis a este blog o a El Enigma de Adriana, la versión epub de mi novela “Los Ángeles no Deberían Pecar”. Ahora llega Navidad, una época mágica, una época cargada de simbolismo, de promesas por cumplir y de sueños que, a veces se hacen realidad y en otras ocasiones no.

Sea como fuere, me sirvo de este pequeño rincón que nació con el título de mi novela, para publicar y compartir de nuevo con todos vosotros un relato muy especial. Los que hayáis leído la historia de Adriana y hayáis llegado a su final lo comprenderéis mejor. Algunos, tal vez, incluso ya lo conozcáis. Los que no… pues los que no probablemente se queden sin poder interpretar según qué claves, pero para eso estoy, pedid y seréis escuchados (info@elenigmadeadriana.com).

Este relato, que se titula “El tesoro de Adriana” se sitúa a caballo de la primera y la segunda parte… esa que hace tiempo que está escrita pero que no encuentra editor, esa que tarde o temprano espero poder compartir con todos vosotros.

Antes de dejaros con la primera parte del relato, permitidme que os felicite las fiestas, que deseé para todos y cada uno de vosotros una feliz navidad y un mejor 2012. Y, una vez más, gracias a todas y a todos los que me habéis leído y acogido con tanto cariño, por vuestros ánimos, por vuestros comentarios, por estar siempre ahí esperando esa segunda parte que, si dependiera de vosotros, ya haría meses que correría por el mundo. Espero que no se haga de rogar mucho más.

Ahora sí… os dejo con mi Adriana (me ha encantado escribir esta frase). Id siguiendo el blog, tendréis muy pronto las partes restantes de este relato. Por cierto, el título de este post es el de una de las canciones que el gran Sergi Miwa ha compuesto inspirándose en “Los Ángeles no deberían pecar”, un fantástico regalo que me hizo y  que me hace pensar que hay vida más allá del papel… ¡y hasta aquí puedo leer (que no escribir)!

 El Tesoro de Adriana (parte I)

Cuando la niña se levantó del suelo, de aquel suelo polvoriento al que había caído después del tropezón en el último escalón, siquiera los arañazos que herían sus rodillas privaban que su sonrisa fuese la más radiante de cuantas recordaba haber hecho. Su mano derecha sostenía feliz el preciado tesoro que había descubierto en aquel curioso lugar que ella y su dulce amiga se habían atrevido por fin a explorar. Adriana sonreía feliz. Su gesto tenía un tierno aroma a éxito, a vida, a una victoria que, por más inocente que fuera, se acababa de convertir en su primer desafío cumplido, superado.

Y es que la casa de Carlota era un extraño laberinto de pasillos y habitaciones, un laberinto que ambas ansiaban descubrir juntas, de la  mano. Aquella mansión en La Garriga se había convertido en el perfecto escenario para sus juegos infantiles. Todo empezaba a pie de la majestuosa escalinata, justo frente a la puerta principal, y se extendía por cientos de rincones, por la cocina y el sótano, por cada espacio descubierto tras todas y cada una de las puertas de aquella residencia. Era un mundo sin fin que no dejaba de unirlas, de llevarlas a saber que, pese a sus escasos nueve años, estaban destinadas a ser las mejores amigas quizás, incluso, destinadas a salvarse mutuamente en algún instante del futuro. Pero todo aquello era una intuición, un sueño que ambas habían compartido y guardado en algún lugar de su subconsciente, de momento nada más, era algo así cómo un recuerdo no vivido, pero real en el fondo. Muy real.

Más allá, sin embargo, había algo en aquella casa que atraía profundamente la curiosidad de Adriana. Aquella vieja torreta, aquel lugar al que no se podía llegar de ninguna forma conocida, al que ninguna puerta conducía., Adriana soñaba con la torreta y Carlota, a pesar de no compartir aquella pasión por ese inhóspito rincón de la casa, por aquel lugar que sus padres tanto se esforzaban en ocultar y que tantas historias extrañas provocaba entre el servicio de la casa y los vecinos, deseaba acompañar a su amiga en todos sus juegos. Porque la realidad era que las dos sabían que había algo que las atraía, quizás no era lo mismo, pero las dos sabían que tarde o temprano acabarían subiendo a aquella torreta.

Y ese instante llegó una tarde calurosa de verano. Carlota había encontrado un pequeño agujero, suficiente para que una niña se colase en él, escondido dentro del armario de la habitación de sus padres. Todo había sido sencillo, natural, inocente, un juego en otro juego que, para cuando se quisieron dar cuenta, acabó con ambas frente a una estrecha escalera de madera, una promesa que parecía subir justo allí dónde comenzaban sus sueños.

Pero todo aquello ya no importaba. Pocos minutos más tarde Adriana sonreía feliz. La pequeña, con su cortísimo pelo moreno, su mirada brillante y su amplio gesto de felicidad, conservaba en su mano derecha aquella preciosa figura que acababa de descubrir en lo alto de la torreta. Su rodilla izquierda sangraba levemente, Carlota la miró con un gesto de preocupación.

– ¿Duele?

Adriana la observó. Su amiga, pelirroja e inocente, ocultaba tras aquel ligero gesto de angustia, el miedo a ser descubiertas, al castigo. Su padre le había dicho, al cumplir los ocho años, que a partir de aquel momento iba a confiar en ella cómo algo más que una niña. Por alguna razón que la jovencísima Carlota nunca iba a ser capaz de entender, Román esperaba de ella una madurez que la pequeña ni quería ni sabía poseer. Así que en aquel instante, mientras contemplaba a su amiga y compañera de travesuras, supo que habían hecho mal en entrar en aquel agujero.

– No… no duele… ¿te gusta?

Levantó su mano derecha y dejó que uno de los pocos rayos de luz que bajaban de la escalera, filtrándose desde lo alto de la torreta, iluminasen su tesoro.

– Es precioso… ¿qué es?

Carlota contemplaba maravillada el luminoso contraste del rojo que reflejaba lo que Adriana le mostraba, contra el blanco de las paredes.

– No lo sé. Una joya… ¿será nuestro secreto?

– ¿Y si es de mamá?

Adriana chistó. Siquiera se le había pasado por la imaginación aquella posibilidad. ¿De la madre de Carlota? No, no era posible. De ninguna manera.

– Ahora es nuestro.

Por cierto, ya sabéis que podéis comprar mi libro de relatos -Mosquitos de Invierno- aquí: Ediciones Atlantis

Lo prometido…

Hoy es Sant Jordi… el mundo entero ha aprendido a celebrar, en esta Diada tan especial en Catalunya, la Fiesta del Libro, una jornada en la que nos prometemos leer todo lo comprado, en la que buscamos títulos, firmas, en la que compartimos la pasión por la literatura y la hacemos cómplice de las horas de nuestra vida.

Será porque me he dejado llevar por el espíritu de Sant Jordi (algunos, pocos, muy pocos, conocen uno de mis mayores secretos, vinculados al caballero, al dragón, y a cierta representación teatral en mi etapa escolar ^^); será porque os agradezco todas las veces que venís a este pequeño rincón para leer lo que os voy dejando, será –eso– gratitud o –aquello– alegría pura.  Será por lo que será… pero hoy os dejo un regalo, os dejo mi primera novela: “Los Ángeles No Deberían Pecar“, que no solo da nombre a este blog (y a “El Enigma de Adriana”) sinó que es mi pequeño tesoro…

Solo hoy, tan solo hasta las 00:00 horas de esta medianoche…

Oh! se acabó la diada, pero os doy las gracias a todas y a todos por la magnífica acogida que me habéis prestado en esta iniciativa… lo mejor de escribir: vosotros!!!!!

Hasta la próxima!!