Su destino…

Desde “No Deberían Pecar” os deseo a todos, fieles y no tan fieles (^^), un Feliz 2012… para celebrar ese nuevo año, ¿qué mejor que la quinta y última parte de El Tesoro de Adriana?

Ya hemos llegado al final de este camino… pero sigo construyendo otros.

El Tesoro de Adriana (parte V)

Un silencio espeso y triste cruzó el tiempo y el jardín. No había respuesta válida.

– ¿Quién hay allí arriba, Audrey? ¿Está Mauricia allí? ¿Nana?

– ¿Cómo recuerdas…?

Román se levantó violentamente. De un rápido gesto arrebató la joya de las manos de Adriana y la lanzó más allá de los límites de su propiedad.

– No quiero que jamás vuelvas a coger algo parecido, ¿me oyes?

Adriana asintió al tiempo que las lágrimas se apoderaron dramáticamente de sus ojos. Carlota ya corría hacia la casa y Audrey buscaba con la mirada el punto en el que debía haber caído la joya.

– Escúchame Audrey, sé que seguirás aquí, con nosotros, sé que ellas estarán cerca, pero déjame asegurarte que no voy a permitir que le volváis a hacer daño a Adriana… no quiero ver de nuevo esa maldita pirámide cerca, no quiero que, ni por asomo, tú o tus hermanas os quedéis a solas con ella… la voy a proteger personalmente.

Miró a la pequeña, que se había quedado sentada sobre el césped y que sollozaba mientras se secaba las lágrimas, y acarició sus mejillas con una infinita dulzura.

– No me voy a separar jamás de ella. No dejaré que la obliguéis a vivir un destino que tan sólo podría herirla…

Audrey se atragantó. Quiso responder pero ninguna palabra llegó a su mente. No había nada que decir, no había nada que hacer, se incorporó en silencio y, sin mediar palabra, volvió a entrar en la cocina. Sus pensamientos se arremolinaban contra su pasado y oscurecían tanto su presente como el futuro, fuese cual fuese el que le estuviese destinado. Sabía que nada podía interponerse en el de Adriana, y durante unos segundos lamentó profundamente formar parte de él.

En el jardín, Román cogió en brazos a la niña, la sostuvo unos segundos, acarició su rostro y esperó a que dejasen de caer las lágrimas para pedirle perdón.

– Te compraré una joya más bonita… la que tú quieras.

– ¿La que yo quiera?

La mirada de Adriana volvió a iluminarse con la belleza de la inocencia.

– La que tú quieras. Te lo prometo.

La pequeña abrazó con fuerza al padre de su amiga. Apenas había lugar en su mente para aquella joya que había encontrado en lo alto de la torreta. Otra ilusión ocupaba ese espacio, una ilusión en forma de una promesa, de un regalo, que ya se había permitido imaginar.

Más allá de los muros de la casa, una mujer acababa de encontrar la pirámide. La cogió con sumo cariño, la limpio delicadamente, la envolvió en un paño rojizo de seda y la guardó en su bolso. Suspiró.

El destino de Adriana la acabaría encontrando tarde o temprano.

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Román…

Llega la cuarta parte del relato… y vuelve Román. Él siempre vuelve.

¿Más? El año que viene, sin duda alguna…

El Tesoro de Adriana (parte IV)

– ¿Dónde vas tan rápida?

Adriana sintió un escalofrío recorriendo todo su cuerpo. Acababan de descubrirla. La mano de Román había agarrado su brazo izquierdo y la había frenado en seco. Su voz, la del padre de Carlota, era dulce y parecía comprensiva, pero sabía que también podía ser severo y seco cuando su amiga hacía algo mal.

De repente pensó en Audrey. La buscó con la mirada pero la encontró arrodillada junto a Carlota. Sus ojos habían vuelto a perder toda su expresividad y un basto silencio se había apoderado de su voz.

– ¿Qué está pasando, pequeña?

Las pupilas de Román se clavaron en la inocente mirada de Adriana al arrodillarse a su lado. Sonreía, pero aquella no era la sonrisa cariñosa que tantas veces le había dedicado, aquella sonrisa que con tanta envidia y celos acogía Carlota.

– ¿Qué escondes?

Adriana suspiró. Buscó a Carlota, pero su amiga se había escondido detrás de Audrey y sollozaba ya sin ningún reparo. Preveía un castigo. Preveía un sermón. Se iban a acabar los juegos con ella por todo lo que quedaba de verano.

– Es una cosa mía…

– ¿Tuya?… bien… ¿entonces por qué no me lo enseñas?

La niña esbozó la mejor de sus sonrisas mientras abría la mano y ensayaba una mirada de inocencia que pudiese enternecer el corazón del padre de Carlota. Sin embargo, Román palideció ante la visión que acababa de apoderarse de su alma.

– ¡Dios!… ¿De dónde lo has sacado?

El hombre miró alrededor. Audrey agachó la cabeza y Carlota estalló en un sonoro llanto. Suspiró profundamente. Aquello no estaba bien, nada bien, Adriana jamás debería haber encontrado aquella pieza, pero lo peor era saber que, de alguna forma, había estado esperando siempre aquel momento. Levantó su mirada. Contempló la torreta que se erguía sobre sus cabezas y lo comprendió todo.

– ¿Cuándo habéis subido?

– Hace un momento…

La voz de Adriana pendía de un hilo.

– ¿Sabías algo?

La mirada de Román se dirigió hacia Audrey, que apenas era capaz de fijar sus ojos en los del hombre.

– Lo acabo de descubrir.

– ¿Tenéis algo que ver, tú o tus hermanas?

Audrey tragó saliva.

– ¿Mis hermanas?

– ¡Audrey!

– No… que yo sepa no. Nada.

– ¿Me podrás explicar cómo demonios ha llegado esto a mi casa?

La realidad

Tercera parte del relato “El Tesoro de Adriana“… y nos vamos acercando al final de este 2011… ya queda menos

Enjoy!

El Tesoro de Adriana (parte III)

– ¡Niñas!

El grito de Audrey, la mujer que servía en casa de Carlota, las devolvió rápidamente a una realidad que las dos pequeñas habían abandonado hacía ya muchos minutos.

– ¿Dónde os habíais escondido?

La mujer, tan pálida y tan triste como de costumbre, con aquel sonido quejoso en su voz que, en ocasiones, parecía provenir de ultratumba, se acercaba a grandes zancadas hacía ellas. De repente se detuvo. Sus ojos se abrieron y sus labios se estremecieron durante una fracción de segundo. Su mirada vidriosa cobró vida, sus manos temblaron y cuando volvió a emprender sus pasos, éstos eran lentos e irregulares.

Finalmente llegó al lado de las dos asustadas niñas. A Adriana no le gustaba, la llamaba, nada cariñosamente, el fantasma de Carlota, porque aparecía siempre que las dos amigas estaban jugando, y lo hacía sigilosamente, cómo si las estuviese observando a cada momento, como si su única misión en la vida fuese asegurarse de que jamás pudiesen ser felices la una al lado de la otra.

– ¿Qué tienes en la mano, Adriana, qué escondes?

Por primera vez, al menos aquello fue lo que le pareció a la niña, la voz de Audrey sonó dulce y cariñosa. Extrañamente agradable, incluso humana.

– Nada…

Adriana cerró su pequeño puño apretándolo contra su querido tesoro.

– ¿Nada? ¿Estás segura? ¿Qué me dices tú?

La cara de Carlota se sonrojó y tuvo que apartar su mirada al sentir la de Audrey clavándose en sus pupilas. Sus padres le habían enseñado a no mentir, y nunca fue capaz de hacerlo sin que se le notase a leguas de distancia.

– Es sólo un…

– ¡Carlota!

– Adriana, deja que Carlota me diga que habéis encontrado.

Audrey sonó imperial, su voz daba órdenes y no dejaba espacio a ninguna otra interpretación.

– … un tesoro…

– ¿Y dónde estaba?

Adriana suspiró profundamente. Sentía que en cualquier momento podía perder su joya. La apretó aún con más fuerza.

– En lo alto de la torreta…

Los ojos de Carlota se desviaron a aquel lugar de la casa, su mirada se había cargado de una infinita culpabilidad, había dos lágrimas dispuestas a recorrer sus mejillas en cualquier momento.

– ¿Cómo habéis…?

Audrey calló. Por un instante sintió un terrible pánico, casi irracional. Las niñas jamás deberían haber llegado a lo alto de la torreta, y menos sin que ella lo hubiese sabido. Y, puestos a preocuparse, menos aún Adriana. Sentía que había fallado, que no había sido capaz de cumplir su cometido. No las había protegido. No la había protegido.

– Dámelo Adriana… dámelo, por favor.

Extendió su mano hacía la pequeña, pero ella se levantó y de una rápida carrera se distanció lo suficiente como para mantenerse a una amplia distancia de la mujer.

– No te lo daré… nunca.

– Adriana, te he dicho que…

La niña se giró dispuesta a huir, salir de la casa, cruzar aquel paseo que tantas veces recorría con sus padres, y entrar en su hogar, allí estaría a salvo de Audrey e incluso de aquella Carlota que la acababa de traicionar. Entraría en su habitación, se sentaría al lado de la ventana y pondría su tesoro en lo alto de su estantería, dónde lo iba a poder contemplar siempre que quisiera. Porque además, además, ya sabía, definitivamente, que aquella joya le pertenecía. Sí, era un plan perfecto. Un plan perfecto que chocó rápidamente contra la realidad.

Corre Adriana otra vez…

Hace unos meses, para Sant Jordi, os regalé a todos los que llegasteis a este blog o a El Enigma de Adriana, la versión epub de mi novela “Los Ángeles no Deberían Pecar”. Ahora llega Navidad, una época mágica, una época cargada de simbolismo, de promesas por cumplir y de sueños que, a veces se hacen realidad y en otras ocasiones no.

Sea como fuere, me sirvo de este pequeño rincón que nació con el título de mi novela, para publicar y compartir de nuevo con todos vosotros un relato muy especial. Los que hayáis leído la historia de Adriana y hayáis llegado a su final lo comprenderéis mejor. Algunos, tal vez, incluso ya lo conozcáis. Los que no… pues los que no probablemente se queden sin poder interpretar según qué claves, pero para eso estoy, pedid y seréis escuchados (info@elenigmadeadriana.com).

Este relato, que se titula “El tesoro de Adriana” se sitúa a caballo de la primera y la segunda parte… esa que hace tiempo que está escrita pero que no encuentra editor, esa que tarde o temprano espero poder compartir con todos vosotros.

Antes de dejaros con la primera parte del relato, permitidme que os felicite las fiestas, que deseé para todos y cada uno de vosotros una feliz navidad y un mejor 2012. Y, una vez más, gracias a todas y a todos los que me habéis leído y acogido con tanto cariño, por vuestros ánimos, por vuestros comentarios, por estar siempre ahí esperando esa segunda parte que, si dependiera de vosotros, ya haría meses que correría por el mundo. Espero que no se haga de rogar mucho más.

Ahora sí… os dejo con mi Adriana (me ha encantado escribir esta frase). Id siguiendo el blog, tendréis muy pronto las partes restantes de este relato. Por cierto, el título de este post es el de una de las canciones que el gran Sergi Miwa ha compuesto inspirándose en “Los Ángeles no deberían pecar”, un fantástico regalo que me hizo y  que me hace pensar que hay vida más allá del papel… ¡y hasta aquí puedo leer (que no escribir)!

 El Tesoro de Adriana (parte I)

Cuando la niña se levantó del suelo, de aquel suelo polvoriento al que había caído después del tropezón en el último escalón, siquiera los arañazos que herían sus rodillas privaban que su sonrisa fuese la más radiante de cuantas recordaba haber hecho. Su mano derecha sostenía feliz el preciado tesoro que había descubierto en aquel curioso lugar que ella y su dulce amiga se habían atrevido por fin a explorar. Adriana sonreía feliz. Su gesto tenía un tierno aroma a éxito, a vida, a una victoria que, por más inocente que fuera, se acababa de convertir en su primer desafío cumplido, superado.

Y es que la casa de Carlota era un extraño laberinto de pasillos y habitaciones, un laberinto que ambas ansiaban descubrir juntas, de la  mano. Aquella mansión en La Garriga se había convertido en el perfecto escenario para sus juegos infantiles. Todo empezaba a pie de la majestuosa escalinata, justo frente a la puerta principal, y se extendía por cientos de rincones, por la cocina y el sótano, por cada espacio descubierto tras todas y cada una de las puertas de aquella residencia. Era un mundo sin fin que no dejaba de unirlas, de llevarlas a saber que, pese a sus escasos nueve años, estaban destinadas a ser las mejores amigas quizás, incluso, destinadas a salvarse mutuamente en algún instante del futuro. Pero todo aquello era una intuición, un sueño que ambas habían compartido y guardado en algún lugar de su subconsciente, de momento nada más, era algo así cómo un recuerdo no vivido, pero real en el fondo. Muy real.

Más allá, sin embargo, había algo en aquella casa que atraía profundamente la curiosidad de Adriana. Aquella vieja torreta, aquel lugar al que no se podía llegar de ninguna forma conocida, al que ninguna puerta conducía., Adriana soñaba con la torreta y Carlota, a pesar de no compartir aquella pasión por ese inhóspito rincón de la casa, por aquel lugar que sus padres tanto se esforzaban en ocultar y que tantas historias extrañas provocaba entre el servicio de la casa y los vecinos, deseaba acompañar a su amiga en todos sus juegos. Porque la realidad era que las dos sabían que había algo que las atraía, quizás no era lo mismo, pero las dos sabían que tarde o temprano acabarían subiendo a aquella torreta.

Y ese instante llegó una tarde calurosa de verano. Carlota había encontrado un pequeño agujero, suficiente para que una niña se colase en él, escondido dentro del armario de la habitación de sus padres. Todo había sido sencillo, natural, inocente, un juego en otro juego que, para cuando se quisieron dar cuenta, acabó con ambas frente a una estrecha escalera de madera, una promesa que parecía subir justo allí dónde comenzaban sus sueños.

Pero todo aquello ya no importaba. Pocos minutos más tarde Adriana sonreía feliz. La pequeña, con su cortísimo pelo moreno, su mirada brillante y su amplio gesto de felicidad, conservaba en su mano derecha aquella preciosa figura que acababa de descubrir en lo alto de la torreta. Su rodilla izquierda sangraba levemente, Carlota la miró con un gesto de preocupación.

– ¿Duele?

Adriana la observó. Su amiga, pelirroja e inocente, ocultaba tras aquel ligero gesto de angustia, el miedo a ser descubiertas, al castigo. Su padre le había dicho, al cumplir los ocho años, que a partir de aquel momento iba a confiar en ella cómo algo más que una niña. Por alguna razón que la jovencísima Carlota nunca iba a ser capaz de entender, Román esperaba de ella una madurez que la pequeña ni quería ni sabía poseer. Así que en aquel instante, mientras contemplaba a su amiga y compañera de travesuras, supo que habían hecho mal en entrar en aquel agujero.

– No… no duele… ¿te gusta?

Levantó su mano derecha y dejó que uno de los pocos rayos de luz que bajaban de la escalera, filtrándose desde lo alto de la torreta, iluminasen su tesoro.

– Es precioso… ¿qué es?

Carlota contemplaba maravillada el luminoso contraste del rojo que reflejaba lo que Adriana le mostraba, contra el blanco de las paredes.

– No lo sé. Una joya… ¿será nuestro secreto?

– ¿Y si es de mamá?

Adriana chistó. Siquiera se le había pasado por la imaginación aquella posibilidad. ¿De la madre de Carlota? No, no era posible. De ninguna manera.

– Ahora es nuestro.

Por cierto, ya sabéis que podéis comprar mi libro de relatos -Mosquitos de Invierno- aquí: Ediciones Atlantis

La madrugada de Luna

Recupero mi pequeño rincón en la blogosfera literaria con uno de mis queridos clásicos… Hace años, ya, que lo escribí y nunca, nunca, me canso de este relato…

La Madrugada de Luna

Luna estaba sentada en el alfeizar de su ventana. Quería volar. Nada deseaba con mayor intensidad que aquel viejo recuerdo que golpeaba en ocasiones su alma. Era una imagen oscura que acudía a su retina, se fijaba durante unos segundos y luego desaparecía lentamente dejando tras de sí un ligero halo de tristeza.

Quería volar. Era lo único que quería en aquel mundo. Lo que más anhelaba. Y aunque sabía que, de hacerlo, iba a abocarse al vacío, sus piernas y sus brazos la animaban a saltar, a lanzarse hacía aquel espacio oscuro que se ofrecía libremente bajo su mirada. Cuánto más lo contemplaba, más crecía aquella tentación en su interior. Se vio a sí misma reflejada en un claro de aquella brillante luna a la que le debía el nombre. Sonrió silenciosamente.

Valía la pena intentarlo. Valía la pena recuperar aquella bella sensación. Miró hacía atrás. Vio las dos camas perfectamente alineadas contra la pared. Sus dos hijas dormían en un plácido silencio, ajenas al mundo real que se estaba decantando contra ellas.

Y es que Luna seguía sentada en el alfeizar de su ventana pero su mente ya no estaba en ese rincón del mundo. Siquiera estaba con las pequeñas. Su mente había vuelto a aquel origen al que había renunciado. Volvía y lo visitaba una y otra vez, recordando las sensaciones que se habían hecho esquivas y huidizas durante tantos años pero que, súbitamente, habían vuelto a ocupar un lugar bien presente en su memoria.

Así que se puso de pie y miró al infinito.

Y no vio nada más que la misma oscuridad, el mismo vacío que la acompañó aquella madrugada en la que decidió dejarlo todo. Suspiró profundamente. Estiró sus brazos y los arqueó ligeramente hasta formar una cruz perfecta con su cuerpo.

Podía notar nítidamente el frío golpeando sus recuerdos, su memoria, su silencio. Y, aún así, sentía el cálido tacto del destino empujándola a hacerlo, a perder el miedo. A volar. Porque Luna quería volar. Quería volver a hacerlo – ¡Dios! –. Ella sabía que no podía, ella sabía que no debía, pero también sabía que no lo había olvidado ¿Cómo iba a hacerlo? Era tan sencillo.

Levantó y separó ligeramente sus talones del suelo. Se quedó suspendida soportando todo el peso de su cuerpo sobre las yemas ensombrecidas de los dedos de sus pies. Ya no había vuelta atrás. Había tomado una decisión. Respiró silenciosamente, volvió a ojear al interior de aquélla pequeña habitación una vez más, la última vez, para contemplar el dulce sueño de sus hijas. Una ligera sonrisa cruzó su rostro. Era una sonrisa de felicidad, pero era una sonrisa, también, de añoranza.

Lanzó aquel último beso tal cual se hubiera despedido de su único y gran amor. No tenía otra ocasión, era aquélla noche o ninguna otra. Así que volvió a ojear al vacío. Su corazón latía con una intensidad que ni ella misma era capaz de conocer, o de reconocer. Nada, nada se podía comparar con la descarga de sentimientos y emociones que en aquel instante invadía todo su cuerpo y sus extremidades, aún paralizadas pero preparadas para volar.

Miró a su espalda. Allí de dónde antaño habían nacido sus dos preciosas y perfectas alas ahora tan sólo había un espacio yermo, vacío. Piel tierna sobre un músculo blando que a duras penas conseguía mantener en su lugar aquellos huesos que parecían querer huir de tan menudo cuerpo. Sabía que las iba a echar de menos.

Sin embargo cerró los ojos e intentó recuperar aquella hermosa sensación. La forma en que el viento acariciaba su rostro, la forma en que el sol doraba sus cabellos, la forma en que la vida transcurría dulcemente mientras ella surcaba su mundo. Un mundo que había descubierto y al que había renunciado, un mundo que sabía que no iba a volver. Ya nada iba a volver.

Sintió cómo su cuerpo se desplazaba lentamente hacia delante. La fuerza implacable del vacío la empujaba a recorrer, a una velocidad endiablada, aquel espacio tan corto de tiempo. Y sin embargo, todo se hizo eterno. Todo se hizo infinito. Volvía a sentir. Volvía a sentir. Tragó saliva, intentó respirar pero la presión lo hacía imposible, sonrío. O cómo mínimo, gesticuló buscando un pensamiento bello que la acompañase al final. El más bello de sus pensamientos, fuese cual fuese.

Y entonces acudió a su mente.

Y fue en ese instante cuando se dio cuenta.

Las alas habían desaparecido porque el tiempo se las había llevado. Su piel se conservaba tersa justo allí dónde, tan sólo unos años atrás, su mundo había adquirido sentido, un sentido que ya no existía.

Se giró y se volvió hacía la habitación. Se sentó de nuevo en el alfeizar de su ventana y sonrió. Escuchó el silencio de la vida.

No necesitaba un pensamiento bello.

Nada era más bello que lo que sus ojos contemplaban

“No mires atrás”

… Siempre hemos creído que conocemos todas las respuestas, y las gritamos a pleno pulmón como si fueran nuestros propios himnos generacionales… pero lo único cierto, lo único que mueve al mundo y que jamás tendrá una respuesta racional, es el amor…

Os dejo con la última parte de este relato. Espero que esta historia os haya parecido interesante… creo que el escritor que hay en mí se tomará un tiempo de descanso, tras esta sucesión de viernes literarios, así este blog de ficción os dará un respiro, no fuera a ser que os llegara a aburrir. En cualquier caso, gracias y hasta pronto…

No Mires Atrás (This May Be Your Last Chance y IV)

No. Bajo ningún concepto y por nada en el mundo iba a renunciar sin más. Quizás se había acabado la magia, tal vez jamás volvería ser como entonces, ¿pero qué más daba? Si realmente debía morir, quería estar allí, con ella.

Y se alzó. Se incorporó. Abrió lentamente sus ojos pero se sintió herido por un brillo cegador que se había adueñado de la habitación. Lloró. Quiso gritar, pero para cuando se dio cuenta, no había voz alguna que pronunciar. La carne ardía, su alma se estaba partiendo en pedazos, sus extremidades se habían quedado rígidas.

“No mires atrás”.

Juraría que Alma se lo había pedido, que se lo había advertido, pero ya no lo recordaba. Y sin embargo, aquellas tres palabras aparecían incesantemente en sus pensamientos, dibujadas en los labios de esa mujer de belleza pura y mirada angelical. “No mires atrás, Antón, por lo que más quieras, no mires atrás”. Sí, se lo dijo. Y quizás aquello era lo último que iban a escuchar aquellos oídos que estaban perdiendo ya los últimos reductos de una humanidad que desaparecía segundo a segundo.

“Ya no tengo hogar”. La frase se repetía una vez y otra, incansablemente, en la mente de Antón mientras aquella enfermiza rigidez se adueñaba de todo su cuerpo. Quiso implorar el nombre de Alma, suplicar una oportunidad, rezar para que todo cuanto estaba muriendo en él fuese a quedar para siempre allí, en la eternidad.

– No sufras, Antón… acabará pronto.

La voz de Alma llegó como un cálido obsequio en plena madrugada de invierno. Su alma, la de Antón, sonrió al escuchar aquellas palabras, y en un último esfuerzo titánico consiguió abrir por última vez sus ojos. Y con aquella última mirada, vidriosa, enferma, se topó con unos ojos que eran fuego, con un rostro puro, con una sonrisa de una bondad tan infinita como imposible.

– Todo acabó. Todo acabó… Deberías haberme obedecido, hubiera sido tan fácil, yo jamás habría vuelto, tú no sabrías por qué pero habría desaparecido de tu vida, y el silencio se habría convertido en tu mejor regalo. Pero no podías renunciar, no podías renunciar…

Una lágrima surcó la piel de una porcelana lisa y pura de Alma, pero se evaporó antes de alcanzar el final de la línea del rostro. Estrechó con fuerza, entre sus brazos, el cuerpo inerte de Antón y suplicó encontrar su espíritu allí donde su viaje la debía llevar. Si lo hallaba, si le hallaba, volvería a desafiar las leyes, costase lo que costase, convencida de que, finalmente, su señor, aquel al que le debía la vida y Antón la muerte, se apiadaría al comprobar cuanto, ambos, habían luchado por ese amor imposible, repleto de grandes sacrificios.

El fuego en sus ojos empezó a brillar con más fuerza. Detrás de ella la figura de mármol de Antón se había erguido con una mueca de dolor y tristeza que no iba a poder olvidar jamás. ¿Dónde quedó esa música? ¿Dónde quedó esa última oportunidad que tanto deseaba vivir como ser carnal?

Alma alzó sus brazos, elevó su mirada hacia aquel cielo que se abría con la albada de sus días, y dejó que sus alas volviesen a nacer en su espalda mientras sentía el calor de su hogar envolviendo todo su celestial cuerpo.

La segunda de sus peticiones

¿Seguís leyendo?… muchas gracias… os debo un regalo. Tal vez si el 23, el día de Sant Jordi, os pasais por aquí encontraréis una sorpresa. ¡Ah! venid con un lector epub o pdf…

De momento os dejo la tercera parte del Last Chance ^^

La segunda de sus peticiones (This May Be Your Last Chance III)

Antón se volvió sobre sí mismo. Se levantó, suspiró profundamente y, en silencio, cumplió la primera de las voluntades de Alma. Le dio la espalda. Sintió como su corazón se estremecía segundo a segundo, sintió sus lágrimas aflorar y una lenta muerte inundando sus pulmones. ¿Era aquella la misma muerte que iba a apoderarse de su amada Alma? Durante unos instantes no quiso, ni pudo, apartar esa imagen de su memoria. Demasiado dolor. Demasiados recuerdos convertidos en un fracaso tierno que estaban acabando de celebrar. ¿Por qué no había conseguido hacerla feliz?, se preguntaba una y otra vez, ¿Tan difícil era?, ¿qué era lo que se había interpuesto entre ellos a pesar de todos sus esfuerzos?

Y entonces cumplió con la segunda de las peticiones.

Se agachó hasta estirarse boca abajo en el limpio, increíblemente limpio, suelo de aquella habitación. “Entonces cerrarás los ojos, y respirarás muy lentamente, tanto que incluso de dolerá el pecho, tanto que sufrirás y que creerás que lo más negro se cierne sobre ti. Pero solo serán unos segundos. Los necesarios”.

Y él obedeció. Sintió su voz ahogada en su espíritu, suplicando más aire, más vida, suplicando que abandonase aquel absurdo juego, que se diese la vuelta y se quedase cara a cara, mirada a mirada, vida a vida, frente a aquella mujer. Por Alma hubiera dado la vida. Y no hacía tanto, ya, de aquello, de tener la seguridad de que dependía de sus ojos más que de los de cualquier otra persona. Pero después se estropeó. Por ella, o por él, no sabría decir exactamente cuál era el motivo, sin embargo la magia desapareció como un castigo impuesto por una fuerza superior y que jamás conseguirían entender. En su lugar quedó un vacío, aquel mismo vacío que besaba en el frío mármol.

Hasta que la canción acudió a su mente “this may be your last chance”, se repetía, como si aferrándose a aquella última oportunidad de tenerla entre sus brazos, todo fuese a ser mejor, más real, más auténtico. ¿Qué otro destino podía querer si no era uno con Alma a su lado? No. No podía dejarla escapar.

La tercera petición era dramática. No se podía levantar, pasase lo que pasase hasta que la noche se hubiese esfumado y, en su lugar, un cálido sol dominase el cielo azul. Todo formaba parte de aquella extraña y dulce magia de su querida Alma, de aquel turbador encanto que tantas veces le había conseguido conquistar. De acuerdo, lo podía aceptar. Podía estarse allí, estirado, quieto, esperando que todo acabase, que aquella muerte más dulce que ella prometía realmente llegase de alguna forma, ¿pero entonces qué? ¿Qué le iba a quedar? ¿Qué sonrisas iba a pronunciar si su mundo entero se acababa deshilando bajo sus pies, todo mientras él no hacía nada por evitarlo?

“Y yo jamás volveré a abrir los ojos”.

Un lugar al que regresar

Segunda parte de “This May Be Your Last Chance”… ¿Dato curioso? creo que es mi último relato escrito… ¿o no?… me empieza a fallar la memoria, será cosa de la edad…

Todo vuestro:

 

Un lugar al que regresar (This May Be Your Last Dance II)

– Todos tenemos un lugar al que regresar, Alma.

Ella sonrió. Triste. Cansada. Derrotada por la realidad.

– No, no todos. Hay una muerte más dulce que esta…

– ¿Muerte?

– Sabes lo que quiero decir…

– Te juro que no.

Antón suspiró con una tristeza opaca. Alargó su mano y dejó que sus trémulos dedos acariciasen el joven rostro de Alma. Fue la última caricia. Quizás en aquel momento él todavía no lo sabía, pero era cierto. Jamás iba a volver a sentir su piel contra la de ella.

– Escúchame, esto es lo que vas a hacer…

La joven se acercó lentamente al oído y dejó que sus palabras llenasen lentamente el mundo de Antón. Él cerró los párpados, se dejó transportar por aquel aliento dulce que acariciaba su cuello y le permitía viajar al pasado. ¿Quién dijo que no era posible volver atrás?, quiso pensar, y de hecho durante unos tiernos segundos, alguna parte de su corazón creyó realmente en esa posibilidad. “Volvamos”, se repetía, “volvamos”…

– …y yo jamás volveré a abrir los ojos.

Entonces ella le devolvió a aquella triste realidad. No, no se podía volver, alguien se había encargado de borrar las huellas del camino y todo cuanto habían recorrido era ya tan sólo un fugaz pasaje en su memoria.

– No quiero que lo hagas…

– Antón, querido Antón, hay cosas que ya no puedes controlar.

Alma se levantó en silencio. Su frágil cuerpo se tambaleó contra la luz de la luna, reflejando en una de las desnudas paredes de aquella habitación una sombra deliciosamente tímida, una sombra que ya no era la que había sido hasta aquella noche.

– Escúchame, todos nos vamos, todos. La vida nos lleva, así, de esta manera, en sus brazos hasta que de repente nos deja caer. Es decisión nuestra aceptar ese momento o labrar nuestro propio destino…

– ¿Qué estás diciendo, Alma?

Ella suspiro intentando encontrar las palabras adecuadas.

– … que estoy enferma, ¿qué me queda? ¿A qué puedo aspirar, ya? No. No es esto lo que deseo, la diferencia entre tú y yo, es que tu todavía no sabes en qué momento la vida va a dejarte caer de su abrazo. Yo sí. Yo tengo una fecha escrita en mi historia. Una fecha que se labra segundo a segundo en mi espíritu.

 

This may be your last chance

Tengo algo que decir… me gusta escribir.

Cuando era pequeño descubrí que crear, y contar, historias era lo que realmente me apasionaba. En la escuela todos mis compañeros sabían qué querían ser de mayores, y cuando me llegaba el turno de responder a esa pregunta siempre guardaba un sincero silencio. ¿Creador de historias? Aquello no parecía una profesión… Con el tiempo comprendí que poner esas historias en negro sobre blanco era mágico, era lo que más me llenaba, que las palabras que se iban formando, lentamente, en mi cabeza no me pertenecían, porque eran parte de algo más, de algo mucho mayor, de algo que me trascendía de una forma que jamás llegaré a comprender… así empecé a escribir. Así he llegado a este día, comprendiendo que ser escritor no quiere decir, necesariamente, publicar (aunque ayuda), que ser escritor es una condición, una certeza que se construye incluso cuando no se es consciente de estar haciéndolo… ser escritor es querer compartir, por encima de cualquier otra cosa en el mundo, esas palabras, esas frases, esas historias que se forman, incansablemente, en mi imaginación…

Por eso hoy, de nuevo, os traigo otra de mis historias, al fin y al cabo es es el objetivo de este pequeño rincón en la blogosfera, ¿verdad?

Las próximas semanas vendrán nuevos capítulos… de momento, os dejo con la primera parte de “This May Be Your Last Chance”… escrito, sí, con música de fondo (aunque no os diré con cual…).

This May Be Your Last Chance (I)

Apagó las luces. Las apagó por un segundo, cerró sus ojos y dejó que aquello que le había iluminado durante años se fuese oscureciendo, lentamente, como un susurro que se apagaba en un triste silencio, hasta que las volvió a abrir para observar, en paz, la mirada de él.

– ¿Y qué va a pasar ahora?

La luna les observaba, expectante, desde algún rincón más allá de lo que pudieran comprender como su mundo.

– Nada. Nada que no deba ocurrir.

– ¿Por qué ya no la escucho?

Alma decidió no responder. Conocía las palabras exactas que tenía que pronunciar, pero se sentía incapaz de permitir que sus labios las pronunciasen. Allí, a su lado, un mundo entero cedía al peso de la realidad, de aquella realidad que se obstinaba en remover su ya escasa paciencia, su aún infinita mirada azul, perdida en el silencio del horizonte.

– No olvidaré esa primera vez, aquella música rondando mi mente, esos sonidos que parecían envolverme y regalarme una paz infinita. ¿Dónde está?

Era cierto. Había desaparecido de la misma forma en que cada silencio que crecía entre ambos no era, sino, otro reflejo del fracaso que estaban aprendiendo a afrontar. Primero fueron los besos, los besos dejaron lugar a los gritos, tras los gritos llegó aquel silencio, necesario, que había ensombrecido para siempre la música que les había llegado a acompañar.

– Vas a volver con tu mujer, supongo.

La voz de Alma se mantenía perfectamente serena, controlando cada una de las emociones que debían querer poseerla pero que eran incapaces de dominarla.

– En tal caso, tú deberías hacer lo mismo.

– Yo no tengo hogar.

Silencio. De nuevo ese incómodo silencio que decía demasiadas palabras, ninguna agradable, ninguna suficientemente confortable como para ser compartida de alguna forma. No había nada por lo que sonreír, nada por lo que llorar. Nada. Alma miraba al frente y veía la misma oscuridad que les había acogido hacía tan solo unas horas, pero lo que antes le parecía dulce, ahora era de un amargo incómodo a su garganta. A su lado, Antón, había cerrado ya sus ojos para evitar que aquellas imágenes siguiesen hiriendo sus recuerdos.

 

El diluvio más allá de las ventanas

Llegamos al final de “Una Forma de Vida”. Gracias por vuestro interés, por vuestros comentarios y, sobretodo, por vuestra paciencia (esto de convertir los relatos en capítulos tiene miga, lo sé…)

 

El diluvio más allá de las ventanas

Una Forma de Vida (y IV)

La enfermera refrescaba su rostro con un paño húmedo, había otra que ejercitaba sus extremidades y una tercera cambiaba su postura para evitar que el cuerpo de Mario fuera presa de las llagas.

“Todo irá bien”.

Mario volvió a cerrar los ojos. Su vida dependía de aquellas tres mujeres pero él tan sólo quería acariciar una vez más el rostro de Sofía. La añoraba. Deseaba volver a soñar con ella aún sabiendo que ya no iba a  estar allí. Un par de lágrimas asomaron a sus pupilas y se quedaron flotando en sus cansadas retinas.

– Tú… ¡la nueva! No te esfuerces demasiado, por más que masajees no les vas a devolver la vida a esas piernas inertes – la enfermera que seguía refrescando el rostro de Mario suspiró ruidosamente – Sofía, la que se encargaba antes se lo tomó cómo la única razón de su vida… y ya ves como acabó…

– ¿Como? – la chica nueva, recién licenciada, la miró con unos grandes y hermosos ojos azules que la hacían brillar con luz propia. Su gesto denotaba la preocupación propia de quien esperaba una respuesta que, por desconocida, podía llegar a ser peligrosa.

– La trasladaron a urgencias…

Se hizo un espeso silencio, como si aquel destino hubiese sido más un castigo que un premio para su compañera. Después, el mundo se puso de nuevo en marcha y cada una siguió con la rutina, espesa y cansina, que continuó, unos minutos más tarde, repitiendo cada una de esas tareas con el parapléjico que compartía la habitación de Mario.

Y él, encerrado en un cuerpo tan triste como su mirada,  se refugió en la hipnótica visión del goteo de aquel líquido amarillento.

Cerró los ojos y volvió a recorrer los pasillos de su vieja casa. Lo hizo acompañado por el rítmico sonido del diluvio, más allá de las ventanas. La lluvia arreciaba y regaba el viejo parque, verde y majestuoso,  el mismo en el cual Sofía le seguía esperando con una brillante sonrisa, invitándole a dar el último paseo debajo de su viejo paraguas.

– Te dije que no volvieses…

Hasta aquí esta historia… Prometo que no tardaré en compartir otras, entretanto, seguid soñando….

Gracias por leerme ^^